sábado 10 de octubre de 2009

LOS FABULOSOS CADILLACS

Parecen dos estatuas ataviadas con la camiseta de la Selección Argentina de fútbol. Ella tiene 17. El, 25. Ambos son mexicanos, pertenecen a esa gran masa de jóvenes que da que hablar a los escritores, a los insurgentes chiapanecos, a los gobernantes... Esta tierra de contrastes surreales debería pertenecerles por un principio de cantidad: los chavos y las chavas son muchos más que los rucos (viejos) en este país. En el galpón oscuro donde esta noche gritan, bailan y toman cerveza 10 mil pibes aztecas, la parejita de marras permanece estática y en estado concentrado de observación. No puede decirse que miran arrobados a su grupo de rock favorito. Antes que eso podrían ser denominados, como gran parte de sus congéneres que se han juntado en el Palacio de los Deportes, los militantes Cadillacs. Así se sienten. Para ellos, el grupo de rock argentino más popular en Latinoamérica es totalmente antisistema. “Es que son subversivos y rebeldes de verdad. Claro que entendemos todo lo que cantan y estamos aquí para decirles que somos como ellos. ¿Acaso ‘Matador’ no sigue estando prohibida en Colombia?”, pregunta él sin esperar respuesta, mientras ella asiente con fervor.
En apenas dos semanas, más de 100 mil personas respondieron afirmativamente a la pregunta que se hacían críticos y empresarios el año pasado cuando comenzaba a vislumbrarse el fenómeno fabuloso: ¿persistirá la fiebre? ¿Se bancarán los púberes que los siguen al compás de los temas más pegadizos las nuevas y bizarras melodías del grupo de Vicentico y Flavio? El sí rotundo de los fanáticos comenzó a escucharse en Tijuana el 24 de marzo. En el Auditorio Municipal, 10 mil bocas estridentes corearon “Vasos vacíos” y festejaron cada uno de los gestos del cáustico Gabriel Fernández Capello (a) Vicentico. Al día siguiente, 6500 fans llegaron a la Plaza Calafia de Mexicali. En Monterrey, la fiesta fabulosa se desató el día 27, cuando en el bar La Escena 2500 chavos y chavas desplegaron sobredosis de adrenalina. En la Plaza de Toros Relicario, Puebla, fueron 3 mil el día 29. En la Plaza de Toros Nuevo Progreso, Guadalajara, fueron 14 mil el día 30. El 31, 7 mil se juntaron en el Auditorio Josefa Ortiz, en Querétaro. Y a esas cifras de por sí llamativas hay que sumarles los 60 mil reunidos en los tres conciertos (3, 4 y 5 de abril) en el DF, para terminar coincidiendo con el crítico mexicano que dijo que los Cadillacs “tienen al público mexicano en la bolsa”.
Pero más allá de las estadísticas que en este país demuestran que LFC rebasó por mucho la cota impuesta por Soda Stereo, que llegaron a ser en México la banda argentina más popular, lo verdaderamente interesante es tratar de descifrar cuál es la fibra sensible que han tocado en la afición azteca Vicentico y compañía. De ese modo, podría entenderse aunque sea en parte ese fenómeno masivo que protagonizan en esta parte del planeta. En el DF, nadie mejor que el mítico periodista Chava Rock, un personaje legendario que es saludado como cuate tanto por Manu Chao como por Liam Gallagher, para opinar acerca del tema: editor de las revistas Mezcalito y Códice Rock, el Chava transitó cada uno de los rincones en los que creció el germen del rock en español en México. Como verdadero experto, afirma que LFC son lo que son en este país “porque han venido haciendo un trabajo paulatino. Su fórmula secreta, lo que les ha dado tanta continuidad y presencia, es la variedad de su repertorio. Nunca se estancaron”. Pero ese lenguaje argento del “vo sabé”, ese usar la palabra pendejo en clave porteña y conseguir con ello y sin proponérselo la censura en México, donde ese vocablo tiene unas connotaciones “mucho más cabronas” (decirle pendejo a alguien aquí es insultarlo de manera imperdonable).
Pero esa “ye” exagerada de Vicentico, ese aire de superado de Vicentico, ese antiglamour de la panza de Vicentico, esa violencia de Vicentico que es capaz de sacar a patadas del escenario a un pibe que sólo quería saludarlo... ¿Cómo pueden ser aceptados en el país donde la paciencia y los buenos modales constituyen un deporte nacional? “Lo que pasa –asegura Chava Rock– es que el lenguaje de LFC no es visto aquí como argentino. Los chavos hicieron propio el léxico de los Fabulosos, es un modo de hablar y de moverse que ya se ha convertido en latino.” Y sigue: “La última vez que estuvo Mercedes Sosa en México dijo que ella quería ser como Los Redonditos de Ricota, que eran muy populares en la Argentina sin necesidad de hacer ruedas de prensa, de dar notas, de viajar. Aquí, los Cadillacs pueden ahora darse ese lujo. En la rueda de prensa de Mark Knopfler, él le preguntó a los periodistas si no tenían otra pregunta cuando ya iba más de una hora de conferencia. Los Cadillacs, en cambio, ni siquiera hicieron rueda de prensa. Con respecto al carácter de Vicentico, claro que la gente no olvida las cosas que hace, pero nunca se las recriminan. Y eso sí que habla de una gran tolerancia por parte de los chavos”, afirma.
La semana pasada, Andrea Echeverri, líder de Aterciopelados, declaró en Miami que su música no tenía nada que ver con el rock. Para la bella florcita colombiana, su arte estaba emparentado con el de sus admirados Fabulosos Cadillacs. Hace tres días, el también colombiano Juanes, flamante adquisición de Surco (el subsello de Santaolalla), presentó disco y videoclip en México. Habló de todo, pero esencialmente de los Fabulosos Cadillacs: “Cuando sea grande, quiero ser como ellos”. En México no conocen a Nebbia ni a Spinetta padre, pero saben quiénes son la Bersuit, quiénes los Illya Kuryaki. Y eso se debe primero a la MTV y luego a Manu Chao.
Tanto el francés en viaje permanente como los inicios de la cadena televisiva (cuando no pasaban a Ricky ni a los BSB) abonaron la música de fusión que se constituyó en un género regional y propio (¿el nuevo rock latinoamericano?) a fuerza de rescatar la música de abuelos y padres.
De ese nuevo género, LFC y sus colegas mexicanos de Café Tacuba son pioneros y representantes clásicos. Pero si el grupo liderado por Nrü abasteció con sofisticada música las expectativas de los jóvenes inquietos y sensibles, LFC llenó de gozo a los chicos y chicas sencillos, que siguen creyendo en una Latinoamérica unida. Aquí, en tiempos de Vicente Fox, pero fundamentalmente en tiempos del Subcomandante Marcos, la nueva juventud mexicana, ubicada entre los 15 y los 25, necesitaba una voz con la que hacer escuchar sus disconformidades y alegrías. Esa voz la encontraron en una banda veterana como los Cadillacs. Para los jóvenes mexicanos, increíblemente, la camiseta albiceleste es un símbolo de libertad y rebeldía. Y están dispuestos a defender los colores de LFC, aunque muchas veces no entiendan del todo la música de los últimos discos o no soporten demasiado a un invitado como Norberto Minichillo que vocifera temas como “La pomeña” o “Dale tu mano al indio”. Así son las cosas en este lado del mundo, donde los Cadillacs pueden hoy darse el lujo de reverdecer los laureles del rock argentino en tierra azteca y así afrontar un año de gira intensa por América y Europa. ¿Persistirá la fiebre? Todo parece indicar que sí.
“Tienen que estar orgullosos”
Los Cadillacs llegaron a México precedidos por las saludables cifras de venta de Hola y Chau, los discos registrados en vivo en Obras el año pasado con los que se despidieron de su sello BMG. Con los locales Panteón Rococó como teloneros, la banda de Flavio y Vicentico puso el Palacio de los Deportes al rojo vivo con títulos como “Matador”, “Piraña”, “Vos sabés”, “Calaveras y diablitos”, “Demasiada presión” y “Mal bicho”: semejante andanada, junto a la atinada decisión de no poner sillas en la platea, propició un pogo interminable en el lugar. Utilizando un bastón debido a una lesión en la rodilla, Vicentico le habló al público para recomendar que “recordemos a los niños que fuimos”, para más tarde hacer alusión a la causa zapatista: “Tienen que estar orgullosos de su lucha”, dijo en medio de una ovación. Frente a una masa de gente en la que abundaban las camisetas de Argentina y de Boca, el grupo liquidó la faena en la capital mexicana con números indestructibles como “Vasos vacíos”, “Manuel Santillán, el león”, “Los condenaditos” y “Carnaval toda la vida”. Y fue, efectivamente, un carnaval.

EL HOMBRE DE MAGIA NEGRA

He rechazado tocar para tres presidentes estadounidenses. La última vez Clinton quería que animara el final de la cumbre de los dirigentes latinoamericanos. Pero no quiero compartir mis dones con gente corrupta que tiene mucha sangre en su conciencia. Tampoco acepté actuar ante el presidente de México, y todavía no me lo perdonaron”. Efectivamente, luego de una década de no tocar en su nación de origen, el guitarrista de Jalisco experimentó en carne propia hasta qué punto el presidente priísta no está dispuesto a olvidar los desaires y críticas del artista. Apenas una semana antes de realizarse el megaconcierto de Santana y Maná en el Foro Sol, los diarios aztecas daban cuenta de una suspensión del evento a cargo de la Procuraduría General de la Nación, que argumentó una supuesta falta de seguridad en las puertas de acceso. Sin quererlo, el músico nacido en Autlán el 20 de julio de 1947 fue víctima de una disputa sin cuartel que el gobierno mexicano entabla contra la titular del gobierno de la ciudad, Rosario Robles (representante del izquierdista PRD, el partido liderado por Cuauhtemoc Cárdenas), quien reclama una cifra de 400 millones de pesos para el presupuesto del 2000. Atosigada por la férrea oposición que ejerce el PRI y su aliado, el PAN (liderado por el empresario Vicente Fox), Robles echa mano de grandes carteles pidiendo por el dinero que necesita para llevar con éxito su acción de gobierno y de marchas de los militantes del PRD que vociferan a las puertas de la casa de Zedillo, exigiendo la autorización del presupuesto mencionado.Santana fue otro eslabón en la lucha política que entablan los partidos mexicanos, a pocos meses de las elecciones presidenciales (en julio del 2000). Aunque la suspensión quedó sin efecto, demostró a las claras la poca simpatía con la que cuenta entre los mandatarios aztecas. Es que Zedillo, según el músico, lo tiene en la mira desde antes de las elecciones de 1994. Por entonces, Santana declaró que “no creo que el cambio de presidente de México traiga bienestar para la familia. No creo en mejorías. Es la misma corrupción, la misma porquería de siempre, los mismos políticos corruptos que cometen fraude. Mi corazón está con los zapatistas y el subcomandante Marcos”. Luego subió al escenario del Woodstock ‘94 con una camiseta estampada con imágenes de la Virgen de Guadalupe y Emiliano Zapata. Sus palabras ocurrieron una semana antes de las elecciones presidenciales del 21 de agosto y después de que los zapatistas realizaran, a comienzos de aquel mes, la Primera Convención Nacional Democrática en Aguascalientes, Chiapas.Las primeras dos semanas de diciembre fueron difíciles para el gobierno de Zedillo. Santana y Saramago fueron los causantes de un dolor de cabeza atroz, del que el PRI parece estar tomando venganza ahora, decretando un estado de alerta en Chiapas, pretexto para ingresar con pase libre a las zonas zapatistas. Tanto el escritor portugués (quien estuvo en Chiapas, fue detenido por los retenes militares, que lo humillaron revisando el vehículo en que viajaba, y acabó declarándose zapatista ante una multitud agolpada en el Palacio de Bellas Artes), como el guitarrista, no perdieron la oportunidad de sentar posición ante los problemas que recrudecen sin visos de solución en la realidad mexicana. Santana, portando un cheque de 50 mil dólares para los afectados por las inundaciones en Veracruz, defendiendo los derechos de la mujer ante una sociedad que tiene el oscuro mérito de ser la más machista del mundo, y criticando desaforadamente a los poderes eclesiásticos en una ciudad donde existe una iglesia en cada cuadra, fue una visita muy molesta para Zedillo. Su fama mundial fue la causante de que al menos apareciera en flashes y notas superficiales en la televisión comercial (TV Azteca y Televisa), privilegio del que no gozó el Nobel Saramago, quien fue totalmente ignorado por la pantalla chica. Los días previos al reencuentro de Santana con sus compatriotas generaron un debate a voces, no sólo entre los periodistas especializados, sino entre la juventud azteca, dividida entre quienes no entendían cómo semejante artista aceptaba presentarse con los edulcorados chicos de Maná, y entre los adolescentes que se preguntaban quién es ese señor con pañuelo en la cabeza que iba a tocar al lado de su ídolo Fher (cantante de la banda originaria de Guadalajara). Corrían las apuestas espontáneas. ¿Quién llevaría más gente?. ¿Quién tocaría primero?. ¿Se irían los fans de Maná cuando sonaran los primeros acordes de la banda de Santana, dejando el Foro Sol semivacío?. El paisaje variopinto de los numerosos asistentes al estadio, fue muestra de un encuentro generacional potente y emotivo: padres trajeados fumando un puro, acompañados por sus hijos vestidos con playeras (remeras) con la estampa de Maná.Sonaron los acordes de las canciones de la banda de Guadalajara, ilustradas por enormes imágenes de un documental que defendía la lucha zapatista, la ecología y los derechos de la mujer. Las letras de los temas (referidas en modo naive y con poca imaginación al amor entre un hombre y una mujer) se contradecían con la pomposa y poco creíble militancia política de los Maná. “Es que si al menos estos cabrones no se empeñaran en llamarse a sí mismos ‘rockeros’... sus canciones se parecen, en lo malo, a las de Carlos Vives”, espetó un indignado espectador que soportaba estoicamente el recital del grupo, en espera de Santana. A los numerosos fans de la banda poco parecía importarle el hedonismo orgiástico que suelen protagonizar los Maná en sus giras, donde corren el alcohol, las mujeres y otros vicios non sanctos. Lo cierto es que hoy por hoy, esta es la banda latina más convocante del mundo. Ostenta el increíble mérito de haber vendido más de 500 mil placas de su Unplugged en los Estados Unidos y gran parte de la juventud mexicana se identifica con sus sonidos.Allí, en el gran poder de convocatoria, parece radicar la causa de por qué, a la hora de elegir con quién presentarse en su regreso a México, Santana optó por Maná. No parece haber sido una maniobra marketinera del sello discográfico, ni siquiera una decisión política del infranqueable séquito que rodea al guitarrista. A estas alturas, aplicados a un artista con 30 años de trayectoria encima, esos argumentos resultan inocentes y de poco crédito. Sucede que Santana se convirtió en un hombre político. Su principal obsesión está en desmitificar la imagen de vago y delincuente con que se describe a los latinos en los Estados Unidos. Así las cosas, el músico es capaz de denominarse un par de los Estefan (Emilio y Gloria), como de defender con ahínco la figura de la polémica actriz Salma Hayek (quien fue muy criticada en su México natal por la visita que realizó a los soldados estadounidenses afincados en Kosovo). A la hora de defender un latino, Santana se muestra tan fanático como el más ultra Spike Lee (para quien cualquier negro es bueno sólo por el color). Para él, Jennifer Lopez es igual a Marc Anthony, a Tito Puente y a Celia Cruz. No hace diferencias estéticas ni de conducta ética. Defiende a Ricky Martin y a Maná con la misma pasión que lo hace con Café Tacuba (grupo con el que quiere tocar próximamente, también en México) o con los Jaguares (ex Caifanes). Y para difundir su ideología está dispuesto a valerse de toda la popularidad o poder de convocatoria que anide en cualquier banda latina, sea la que sea. Acaso, su música es siempre su música. Y fue eso lo que echó por tierra todas las polémicas previas al concierto. Cuando sonaron los primeros acordes de su guitarra, el estadio no sólo permaneció lleno sino que dio ingreso aún a más gente, ya que muchos optaron por ingresar a la hora que comenzara el show de Santana.El músico no sólo recorrió los temas de su último y elogiado disco (hizo una impecable versión de “Smooth”, el hit que vendió más de 6 millones de placas en el mundo), sino que se animó a hacer, con particular estilo, el “Concierto de Aranjuez” de Joaquín Rodrigo. Para delirio de los miles deasistentes, conformó los pedidos haciendo clásicos como “Mujer de magia negra”, “Europa”, “Samba pa’ ti”, para concluir, luego de dos horas de un show que lo mostró más joven que nunca, con un set dedicado a Bob Marley, ya acompañado por Maná. Santana había comenzado sugiriéndole a los mexicanos que exigieran a la Iglesia que los mantenga: “Tantos años la mantuvimos a ella, que ahora tiene como tresquicientos millones de dólares. Bien puede mantenernos a nosotros”. Al final decidió exhortar a sus compatriotas con un emocionante “Mexicanos, se puede, estamos hechos de luz, nos acompañan nuestros ángeles, luchemos por tener agua, comida y respetemos a la mujer, pongámosla en un plano de igualdad con el hombre”.

AMORES PERROS

Film sobre film: el soundtrack de la película Amores Perros, que revolucionó la escena cinematográfica mexicana con sus tomas alla Tarantino y su trama con reminiscencias de Kieslowski, se ha constituido en una película en sí misma, cuyo protagonista, el argentino Gustavo Santaolalla, consiguió afirmar aún más su carácter de gurú de la música latinoamericana. Ahora, el ex Arco Iris no se arrepiente de haber dicho sí cuando en principio pensaba decir no. “Aníbal Kerpel, mi socio, y yo estábamos con mucho trabajo cuando nos llamó varias veces Lynn Fainchtein (asesora musical del film) para proponernos hacer la banda de sonido. Habíamos decidido no hacernos cargo del trabajo. Pero la noche anterior algo no me dejaba dormir pensando en ese tema. Fue muy mágico. A la mañana siguiente llamé a Aníbal temprano y le propuse que al menos viéramos la cinta antes de dar nuestra respuesta. Cuando vi la película del Negro, me conmovió tanto que quise estar en ella”, declaró Santaolalla a Página/12.
“El Negro” es Alejandro González Iñárritu, nueva estrella del cine mexicano, y quien con una narrativa dinámica, de muchos cortes, secuencias de videoclips y largos monólogos filmados desde un solo emplazamiento de cámara, consiguió pintar el México del cambio y de las contradicciones.
Galardonada en Cannes con el premio de la crítica, Amores Perros está produciendo una avalancha de público en los cines: ya la han visto dos millones de espectadores, todo un record para México. Para la música incidental, Santaolalla usó tubos de PVC, violín de lata de una sola cuerda originario de las comunidades tobas y un sentido que el propio Iñárritu ha definido como “de fragilidad y equilibrio”. “La verdad –dice el director– es que los días más felices del film fueron aquellos que dedicamos a acordar la música. Queríamos que los sonidos puntualizaran determinadas escenas y las redimensionaran, que la música bailara con la película y eso lo hemos logrado.”
Como productor de muchos de los grupos de rock más importantes del continente, desde Café Tacuba hasta Divididos, pasando por Bersuit Vergarabat y Molotov, Santaolalla no se privó de incorporar a la banda de sonido canciones de los músicos que admira y conoce bien, como Illya Kuryaki, Control Machete y los chilenos Fiebre. Como todo arte implica también una ideología, allí están los gruperos (bailanteros) de Espuela de Oro haciendo ya un clásico de Molotov, “Dame el poder”, en tiempo de cumbia. “Yo soy amante de la música, siempre he dicho que la música se divide en dos categorías, buena y mala. Entonces, en todos los géneros de música creo que hay exponentes buenos y malos, también en la música alternativa. La música que hace Espuela de Oro tiene una peculiaridad y una particularidad, han encontrado algo que es un tipo de unión entre el mundo del rock and roll y el mundo de otras músicas, en su caso lo que en México se describe como grupera. Con este grupo ratifico mi línea de pensamiento”, dijo Santaolalla. Celia Cruz, The Hollies y Los del Garrote completan el horizonte musical que Gustavo definió para la película que partió aguas en la historia cinematográfica azteca.
Película originadora de fenómenos, Amores Perros posibilitó la edición de un disco doble que contiene el soundtrack propiamente dicho y además una placa-tributo para la que 11 artistas y bandas latinas compusieron un tema homónimo. De todo eso es responsable Santaolalla. Llamado el Rey Midas del rock latino porque todos sus trabajos terminan siendo discos de oro, el argentino es también un hombre político que intenta quebrar la hegemonía del mercado anglosajón. “Siento que el fenómeno latino por suerte no pasa nada más por Ricky Martin, no tengo nada en contra de él, pero también pasa por el Buena Vista Social Club, por Carlos Santana, por Café Tacuba abriendo para Beck, por Banda Espuela de Oro colaborando en el disco Amores Perros. Estamos pasando por un momento histórico en nuestracultura, que está relacionada con el país con el que tenemos una relación incestuosa: Estados Unidos; de alguna forma estamos afectando el ADN de ese país. Siento que en los próximos diez años vamos a ver una especie de latinización del mundo, que va a estar sustentada por fenómenos como Ricky Martin, pero también con fenómenos como Amores Perros. Eso espero.”
El trabajo de Santaolalla en la película de Iñárritu y en el disco Tributo lleva su sello de fábrica y es expresión de singularidades que destacan su enorme olfato musical. La que ha sido considerada la mejor canción del disco-homenaje fue compuesta por un trío en descomposición. Control Machete, grupo de hip hop mexicano, se encuentra inactivo a causa de que Fermín, su primera voz, se convirtió al cristianismo y ya no se siente motivado para cantar las letras calientes que llevaron a la fama al grupo. Santaolalla los reunió para la causa, compusieron una pieza de antología y protagonizaron un bello clip dirigido por Iñárritu.
Su mecanismo de seducción, según confesó, es el de “creer mucho en el fruto de la experiencia, pero también creer mucho en el fruto de la inexperiencia. Y por eso las bandas jóvenes a veces toman caminos impensados previamente, pero que dan buenos resultados”. Con respecto al soundtrack de Amores..., el productor señala que trató de seguir a corazón. “La película es muy fuerte, de una gran espiritualidad y humanidad, y lo que había que hacer para la música era conectarse con eso. Esta obra nos habla del dolor y del amor, de esa gran escuela que es la vida y de cómo podemos cambiar a través de las cosas que nos pasan. Lo que yo puedo decir es que haber participado en este film es una de las cosas que me han hecho sentir más orgulloso a lo largo de mi carrera artística.”
A quienes dicen que el rock latinoamericano lleva ya un “estilo Santaolalla” en el aspecto musical, el productor responde que “todos los grupos que produzco son distintos. Si hay un estilo mío, me parece que tiene que ver con la valorización de los grupos que tienen una idea muy fuerte y ayudarlos a hacer los mejores discos que tienen que hacer, con una identidad, una musicalidad y un sonido propios. Los Prisioneros no tienen nada que ver con Divididos, ni éstos con Café Tacuba, etcétera. Eso es lo que me gusta, el eclecticismo”, afirma. Santaolalla reconoce que “a veces me lleva dos o tres meses terminar de escuchar todo lo que me dan. En mis dos últimos viajes a la Argentina me tuve que comprar otra valija para llevarme los proyectos. Me traje cuarenta proyectos para trabajar”, cuenta. “Ni Rey Midas ni gurú –aclara en referencia a sus motes–. Lo que va a quedar es el trabajo que venimos haciendo con Aníbal (Kerpel), y no la personalidad.” A la pregunta de si se siente un hombre poderoso, Santaolalla contesta que “sí, me siento un hombre superpoderoso, como creo que se debe sentir cualquier ser humano que trabaja intensamente en encontrarse a sí mismo. Ahí reside el poder”, concluye.

Noche perra en el Hard Rock

Por M.M.
La nueva estrella joven del cine mexicano, Vanessa Bauche, baja de un coche con chofer. Es la noche perra en el Hard Rock. El local está atestado. Huele a humo denso y a cervezas a medio enfriar. El director agradece la presencia. Lynn Fainchtein explica cómo será el concierto en el que se presentará en vivo la música de Amores Perros y disculpa a los ausentes (Illya Kuryaki, Julieta Venegas, Control Machete). Santaolalla se gana el primer gran aplauso de la velada y agradece, agradece, agradece.
Joselo y Emanuel, exactamente la mitad de Café Tacuba, abren el fuego con su rola íntima y desgarrada. Luego ingresan Quique y Nrü (con nuevo corte de pelo, casi calvo y una cresta punk que le sienta bien). Siguen los clips alusivos: Control, el making off del film multiplicado en casi diez pantallas. Los chilenos Fiebre gritan su amor perro y ejecutan la ovacionada versión de “Lucha de gigantes”.
“La vida es un carnaval” canta desde las pantallas la potente Celia Cruz. Precede a los electrónicos de Moenia: gafas negras y sonidos electrónicos, desangelados, para un amor perro de máquinas y teclados.
Sube la euforia. Antes de que los mexicanos de Zurdok sensibilicen al personal con su psicodelia, ya fueron vistos y aplaudidos los gestos de Iñárritu en plena fabricación de la película, las más fuertes escenas de la misma y el backstage de Santaolalla y Kerpel componiendo la banda de sonido. A la medianoche es el turno de la Bersuit, los más esperados, los más aplaudidos. “Le dedicamos esta canción al Negro (por Iñárritu, obvio). Esta era la que a él más le gustaba, pero no quedó”, declaró Cordera ataviado con un verdadero pijama de luxe en tonos violeta. A esa altura la prensa temía que los muchachos se despacharan con sus siete rolas perras, pero no, hicieron la que quedó en el Tributo y, luego, para delirio de los asistentes, comenzaron los acordes de “Qué pasó”. Vestido con ropa de dormir de seda en la gama del azul, un desatado Santaolalla obró de eficaz acompañante. Y fue el momento más alto de la velada canina, momento feroz, que la gente agradeció pegando gritos tipo: “Viva México, cabrones”.
En el filo de la madrugada, todo estaba preparado para que la superbanda Espuela de Oro se adueñara del Hard Rock. Y así fue. Con trajes de satén azul y dorado, trompetas, saxos, guitarras, batería y movimiento de caderas bamboleantes, los regiomontanos arengaron a un público entregado a la pasión del baile colectivo. Y todo fue calor de perros (literal, la atmósfera se había hecho irrespirable). “Tomo para no enamorarme”, entonaron los de Oro y ahí se apareció Cordera, con pijama rosa, para hacer la primera voz en su propio tema. Luego “Gimme tha power” y Pachuco y, guau, estos chicos ladraron y mordieron en lo que fue la gran noche mexicana del cine, de la música, y de chau al PRI, según hicieron saber los eufóricos y entusiastas asistentes.

DE ESO SE TRATABA

Llega tarde y sonriente. Antes de sentarse a la mesa y pedir un jugo de naranjas, debe sortear el revuelo que su presencia causa entre las camareras. Regla 1: cada vez que aparece el cantante de Café Tacuba, debe preguntársele cómo se llama ahora. Porque este chico nacido hace 33 años en Santa María de la Rivera (en plena capital mexicana), primero fue Anónimo, luego Cosme y actualmente Nrü.
Desde que Café Tacuba comenzó su carrera, hace una década, fue cobrando forma un concepto musical sumamente original. Miki, uno de los integrantes de una banda amiga –Molotov–, dice que lo que hace “Cafeta” es “autoctonismo vanguardista”. Lo cierto es que no es muy fácil definir el género tacubo, enraizado en el rock y desde ahí disparado en todas las direcciones posibles. Siempre condimentado, además, por una particular lectura de varios y diferentes estilos de la música tradicional mexicana. Semejante cóctel llegó a extremos conceptuales-musicales con la edición del doble-pero-no-doble Revés/Yo soy, un cd de canciones y otro de música instrumental, los dos notables. Pero, ¿es rock o qué? Nrü se encoge de hombros. Dice no importarle demasiado esa cuestión y prefiere referirse a la manera de transmitir una manera de entender la música que define a su cuarteto. “Ahora nos entienden más, pero nosotros no hemos cambiado sino que hemos estado siguiendo un proceso natural de evolución, y el juego con el que iniciamos lo hemos ido desarrollando, tal vez por eso ahora se entienda mejor lo nuestro. Conforme vamos haciendo un nuevo disco, el público dice: ‘Ah, por eso hicieron lo anterior’. De alguna forma, van quedando menos espacios abiertos de interpretación. ‘Ah, de esto se trataba’, va diciendo la gente.”
Más voces. El periodista y locutor Jorge Rugeiro, conductor del programa “Grita”, que se transmite dos veces por día en la frecuencia rocker Orbita, afirma al No que “Café Tacuba pasó a otro lado, está en otra dimensión. Para el rock mexicano, su primer disco es como el Album blanco de los Beatles. Y todos los cuestionamientos que se le hacen a la banda para mí tienen que ver con la cultura musical que caracteriza a nuestro país, que duele decirlo, pero la verdad que es bastante pobre. A Café Tacuba no todos logran entenderlo, pero su último trabajo, Revés/Yo soy, es enorme. Es la única banda que dentro de diez años se va a seguir escuchando. No se van a acordar de Molotov ni de La Gusana Ciega; se van a acordar de Café Tacuba”, afirma.
Lejos de esos análisis, el cantante ha aprendido a relativizar los elogios, a tomarse todo con calma, y riéndose cuando escucha decir que Café Tacuba es la banda de rock en español más importante del momento. “No somos la banda más importante”, dice. “Creo que cada grupo tiene su importancia. Lo que sí creo es que cada grupo puede jugar un papel dentro de un entorno y tal vez nuestro papel sea el irnos por una nueva vereda en cada disco que sacamos. Buscamos nuevas formas, no sé si es pretencioso decir esto, pero es posible que nosotros seamos la banda que se dedique a abrir puertitas”. En lo que va del año, Café Tacuba ya ha estado dos veces en el Zócalo, la plaza central del DF, todo un carnet de popularidad. Y esta banda de rock sin batería (Joselo y Quique Rangel, Emmanuel del Real, Nrü) que suena más mexicana que el tequila, vive sus días de éxito y masividad gracias al propio talento y también a los oficios de los productores argentinos Gustavo Santaolalla y Aníbal Kerpel. Del gurú del rock latino, todos elogios: “Para nosotros fue importante pensar en Gustavo como en alguien muy cercano, muy conocedor de nuestra realidad, hay mucho más acercamiento, definitivamente. Nos iniciamos en el mundo discográfico con él y seguimos con él porque disfrutamos mucho trabajando juntos, disfrutamos de aprender cosas”. Y hablando de argentinos, el cantante se refiere a Soda Stereo, una fuerte referencia para entender de qué fue la más reciente historia del rock mexicano. “La influencia de Soda fue gruesísima. Había una época en que todos los grupos mexicanos tocaban como Soda... Era horrible, realmente horrible...”, comenta divertido.
–¿Y se pueden encontrar algunos elementos así en Café Tacuba?
–No en forma consciente. Soda está dentro del grupo como tantos otros del rock argentino y también español. De entrada, todos esos grupos abrieron unas puertas muy importantes para lo que luego sucedió en la música joven aquí en México. Y no solamente para los músicos sino también para los que dirigían las compañías discográficas, que empezaron a darse cuenta de que podían hacer negocio con el rock mexicano. Fue increíble, de pronto las compañías comenzaron a querer tener un catálogo con rock local.
No se puede entender la historia de Café Tacuba sin remitirse a un legendario trío denominado Botellita de Jerez, que a principios de los ochenta combinaba el humor, la ironía y la rebelión, produciendo efectos hipnotizadores sobre sus miles de fans. De esta agrupación, los tacubos se consideran herederos. “Es que todo el concepto de Botellita fue muy fuerte, y nosotros decimos casi lo mismo que ellos, pero en otro tiempo. Siempre pensamos que Botellita fue tan gracioso, tan lúdico, que luego la gente que los seguía se perdió en eso; no ellos, pero sí su público, que quería siempre que Botellita los hiciera reír, y supongo que ahí empezó a darse la separación del grupo. Para nosotros el humor también ha sido siempre muy importante, sobre todo por el método de trabajo que utilizábamos. No era un método estrictamente dicho sino que era llegar a los ensayos, matarnos de risa por cualquier cosa y trasladar ese espíritu luego a las canciones”.
Un sello de distinción de Café Tacuba es la distancia con la que observan el run run que genera cada uno de sus pasos en la industria musical. Con un Grammy en su haber y otro recién “perdido” frente al tal Chris Pérez, Nrü apela a un despreocupado encogimiento de hombros para decir: “Ese asunto de los premios Grammy no es para creérselo. Aquél fue por el video y la verdad es que el video está chido (bueno), pero también es cierto que no es la gran cosa. Seguramente hubo videos bastante interesantes, mejores, que ni siquiera han concursado. Además, siempre pensando en la compañía a la que pertenecemos (Warner), hay que tener sus reservas. Siempre hay movimientos en ese sentido. Siendo nosotros mexicanos, nos cuesta pensar en que algo se produzca sin que haya estado el dedazo en el medio. Y ahora que no lo ganamos, sentimos lo mismo que entonces: con Grammy o sin Grammy, seguimos siendo Café Tacuba”. En todo caso, salir de gira con Beck debe equivaler a varias de esas estatuillas.

Videostory
Es fácil toparse con Nrü en el DF. Por las calles de la ciudad y con una cámara de video en la mano, el cantante graba sus propios paisajes. De vez en cuando, claro, le gusta desensillar y dejar la cámara a un lado para mezclarse con sus compatriotas. Es turista en su propia ciudad. “Siento que he sido siempre un poco provinciano. Nací y viví unos cuantos meses en Santa María de la Rivera, donde vivían mis papás, y antes de que yo cumpliera un año nos trasladamos a Nuevo León, donde viví los primeros cinco años de mi vida. Luego toda la familia se mudó a Satélite, un barrio que está en las afueras de la ciudad. Antes me traumaba mucho el hecho de que todo estuviera acá y para comprar algo hubiera que trasladarse. Pues, de joven, era problemático. Digo, no porque ahora no sea joven, la verdad es que todavía no estoy viejito, pero ahora es mucho más disfrutable vivir allá. De todos modos, estás adentro, pegado al DF, y es casi lo mismo. Aunque hay algunas diferencias: allá hace más frío y hay menos smog y menos gente”, explica.
Su afición a la cámara convenció al resto de la banda para que pudiera dirigir el videoclip de “Locomotora”, el segundo single de Revés/Yo soy. “Como había estado involucrado en casi todos los videos que habíamos hecho, tenía la curiosidad de hacer uno. Afortunadamente hubo flexibilidad en el grupo y se pudo crear una pequeña productora que me acompañara en la realización. No esperé mucho, es el primer intento y fue un ejercicio donde aprendí muchas cosas. Más que nada, que no sé nada o lo suficiente para ser director. Pero también que con esfuerzo y ganas te las arreglas para que salga algo bueno.”

La fama y la humildad
Humilde y tímido, Nrü no se acostumbra a la fama. No tiene la pinta ni la actitud del típico frontman de una banda exitosa. Cuando Quique, el contrabajista, explica el proceso creativo de Revés/Yo soy, algo de esa singularidad aparece en el discurso. “Cada cual tocaba alternativamente uno y otro instrumento”, cuenta. “Revés se fue conformando a partir de la negación para llegar a algo: negar que somos necesariamente un grupo, que tenemos cantante, que somos compositores, porque a la metodología que usamos no sabemos si se le puede llamar composición, ni si a lo que llegamos son canciones”. Así que este cantante atípico de una agrupación no menos original acepta “no haber digerido del todo esto de la fama y los autógrafos”, aunque gente de todas las edades se le acerque para decirle “te adoro” o para pedirle una fotografía junto a él. Cuando comenzó su carrera de músico, todos hacían hincapié en lo mal que cantaba. “Por suerte, no hice caso porque siempre he tenido ganas de cantar, y aparte no tocaba ningún instrumento. A través de los años he ido perdiendo la vergüenza...”, admite. Y prosigue: “Hace ocho años Joselo y yo decíamos que no éramos músicos sino comunicadores. Teníamos muy cerca nuestros días de universidad, de estudiar Comunicación Gráfica. Yo dibujo, también. Y la evolución musical de Joselo, de Quique, de Memo, ha sido impresionante, y tal vez no recuerden eso. Pero yo sí lo quiero recordar, porque sigo siendo muy torpe, y a veces me siento mal por eso. Entonces, uno de esos días en los que andaba mal, me acordé: ‘¡Claro!, yo no soy músico, soy sólo un comunicador’, y eso me alivió, me quitó mucho peso. Todo lo torpe que soy con la guitarra ahora no me importa. No toco para ser un virtuoso sino para divertirme y para integrarme más a mis amigos”.
Como oyente de música, Nrü se inclina a “escuchar todo” lo que le llega. “Ahora me quiero comprar el disco de Cerati, Bocanada, porque me encantó. La primera vez que fuimos a la Argentina abrimos un concierto de Fito Páez y fue rarísimo, ¿no? Eran los tiempos de El amor después del amor, y ese disco me trae muchos recuerdos. A Spinetta lo conocí gracias a un amigo guatemalteco; me regaló un casete de recopilación, y me encanta. Me gustantambién los Babasónicos, León Gieco, Divididos, al que conocimos a través de Gustavo (Santaolalla). Me fascina Leda Valladares, Julio Sosa...”.

Ser mexicano
En el país de los tamales y del chile, de las salsas picantes y del tequila, Nrü se ha convertido en un vegetariano militante. No lleva sombrero de alas anchas y descree de todos los mitos folklóricos que los medios de comunicación, los gringos y cierta propaganda turística han establecido sobre el ser mexicano. “Soy vegetariano y estoy en un proceso de cuestionar muchas cosas de la alimentación. Y en cierto modo es cuestionar también ese sentimiento de nacionalidad, de mexicanidad, que está tan prendido aquí. Porque nuestro discurso era fuerte en ese sentido, buscábamos la identidad, el ser mexicanos, preguntarnos quiénes somos, y ahora me pregunto si todo eso también no es una trampa. Porque la realidad es que México, hace 500 años, no existía. En el momento en que llegaron los españoles se conforma México, y ahora estoy viendo que México es un negocio, que seguimos viviendo la colonia, la esclavitud, sólo que las cadenas no son tan visibles”, expresa. “¿Cómo nos pintan afuera? Como mariachis, como charros, pero en realidad ésas son representaciones de los dueños de la hacienda: el indio no está ahí. El habitante original de estas tierras no tiene nada que ver con el mariachi. Y cuando los dueños de México pintaban al indio, lo mostraban durmiendo abajo de un nopal, nos decían: ‘Es el huevón’. Para mí son todas trampas que nos ponen y que encima creemos. Dicen: ‘El mexicano es impuntual’, y me lo creo y llego tarde. O te dicen que eres macho, y te lo crees.” ¿Será por eso que está convencido de que su país “es muy adolescente”? “Nos hicieron madurar de golpe”, dice, y teniendo en cuenta esa condición, no se permite ser demasiado optimista. “A mí me parece que para renacer hay que morir, y van a tener que morir muchas cosas en México antes de que todo se resuelva. Va a ser doloroso.”

DE AQUEL AMOR, DE MÚSICA LIGERA

Vendió 30 mil copias en una semana, como para dar una idea del poder que todavía Soda tiene en México. Son once versiones por Aterciopelados, Julieta Venegas, Genitallica, Lucybell, Caballeros de la Quema (los únicos argentinos) y las dos terceras partes no-religiosas de Control Machete entre otros. POR MONICA MARISTAIN
Desde México D.F.

Un disco que el crítico de rock local David Cortés (autor del libro El otro rock mexicano) no dudó en llamar “la trastada mercadotécnica del año” y que tiene como eje central a Soda Stereo, se convirtió en un fenómeno de ventas en México: 30 mil copias vendidas en la primera semana. El Soda Stereo Tributo, que tiene en la portada los rostros virados a sepia de Alberti, Cerati y Bossio, resulta el primer homenaje sonoro de los rockeros mexicanos, que en su mayoría reconocen a los ex chicos de los raros peinados nuevos como su gran influencia. Fabricado entre ceremonias secretas comandadas por el sello discográfico BMG, al que pertenece Gustavo Cerati, el disco vio la luz entre polémicas y decepciones múltiples. Por lo pronto, la placa que ofrece 11 versiones de las canciones más conocidas del trío se destaca por las ausencias. Ni Calamaro, ni Molotov (que preparaba “Ella usó mi cabeza como un revólver”), ni Café Tacuba (iba a hacer “Juegos de seducción”), ni Aleks Syntek, ni Plastilina Mosh participaron del homenaje, aunque sus presencias habían sido anunciadas de antemano. A ellos, a los que no están, el productor Jorge Mondragón (manager de Molotov) y su par argentino Afo Verde, dedicaron el disco. Si fueron desacuerdos económicos con sus respectivos sellos discográficos (cada grupo participante se hizo cargo de la producción del tema elegido) o si, como arriesga el emblemático periodista mexicano Chava Rock (editor y director de El Mescalito), en realidad se prepara material para una segunda edición del tributo, más a tono con la historia, son circunstancias que el mundillo del rock de aquí desconoce.

Una por una
Las once versiones ejecutadas en su mayoría por artistas que pertenecen a la plantilla de BMG, entre ellos el desconocido grupo costarricense Gandhi, suenan convencionales y, al decir del Chava Rock, “parecen haber sido grabadas a la ligera, sin riesgo alguno”. La banda pesada de Monterrey, Genitallica, hace “Vitaminas”. Lo que empieza como un tema de rock virulento se transforma en un reggae rappeado de dudoso gusto en el estribillo. Y aunque el cover haya espantado a propios y a extraños, resultó ser el elegido de difusión en forma espontánea por las radios locales y se convirtió en la flecha que disparó a la muchachada a las tiendas. Los genittallicos, en tanto, manifestaron al No haber elegido la canción “por el ritmo”. Nada más. Jumbo, un grupo de sonido refinado formado por chicos jóvenes que gustan de la música vieja (Floyd, Crimson, Zeppelin), suena sin sorpresas en “Un millón de años luz”. A ver: es como si Spinetta hubiera despuntado el vicio con una canción de Cerati, pero cuando el Flaco tenía 20 años y estaba en Almendra, así de extemporáneos quedaron los jumbos en un tributo que consideraron “importante, pues va a marcar todo lo que ha dejado Soda en las bandas nuevas mexicanas”.
Moenia en “Zoom” no es Moenia: es Soda. Y está bien que así sea, porque si hay una agrupación rockera que llevó el glamour, el aire gélido y la electrónica a sus máximas consecuencias, tal como lo hiciera la banda argentina, ésa es Moenia. “Soda es el grupo latinoamericano de rock de mayor trascendencia en el mundo –dijo el vocalista de Moenia– y elegimos ‘Zoom’ porque consideramos que podíamos hacer una buena programación sobre ese tema.” Y la hicieron. En el caso de los costarricenses Gandhi, puede decirse que están correctos en “Séptimo día”: por ellos hablaron los ejecutivos de la discográfica, que piensan lanzarlos en México próximamente teniendo como base el enorme éxito del que gozan en su país de origen. “Los elegimos porque suenan mucho en Costa Rica”, explicaron sucintamente ante los desconcertados periodistas que asistieron a la presentación del material. Los chilenos de Lucybell están deliciosos en”Juegos de seducción”. Su versión, como casi todas, elige el lenguaje formal de identificación con la original, y los coros ochenteros a la Duran Duran no consigue atenuar el grado superlativo de imitación de Cerati del que echa mano el vocalista trasandino.
El “Té para tres” de Aterciopelados renueva lo ya sabido por los aficionados al rock en español, sobre la gran afinidad que existe entre la delicada florecita colombiana Andrea Etcheverri y la ex banda de Cerati. Lo interesante de esta versión es el placer que produce la calidad interpretativa de la chica de Bogotá. La Gusana Ciega, banda britpop de corte liviano, se escuda en una descolorida “Primavera Cero” que rescata el costado más frívolo de Soda. Control Machete, que intenta revivir glorias pasadas sin su excelso vocalista (Fermín se ha adscripto a la causa cristiana y ni modo de recuperarlo para la bizarría hip-hopera que internacionalizó al trío de Monterrey), con Pato y Toy, ofrece una deslucida y electrónica “Camaleón”. “Soda ha sido el soundtrack de muchas generaciones mexicanas”, manifestó Toy desde su estudio. Julieta Venegas, que últimamente se anota en todos los tributos, sonó banal y poco creíble cuando dijo que se hizo fan de Cerati and company cuando escuchó el último disco de la banda porteña. Eligió “Disco eterno” y, con su voz a lo Suzanne Vega, despachó presurosa el trámite. Las chicas de Atómica, bellas y poco más por destacar, no supieron explicar muy bien por qué habían formado parte del tributo. Su “Persiana americana” es tan impropia como inescuchable en un disco que no pasará a la historia por su calidad musical.
Resulta llamativo que en un país donde ni en sus mejores momentos ha gozado de la aceptación unánime, Soda Stereo encuentre su mejor molde en Caballeros de la Quema, única banda argentina que forma parte del tributo. Iván, tan afecto a la sociología y los metadiscursos, canta con plenitud y fervor convincente “Lo que sangra (la cúpula)”, que condimenta con el himno proverbial de Luca Prodan en “La rubia tarada”. Y aunque Attaque 77 ya hizo algo parecido (juntaron a los Redondos con Soda en “Otras canciones”), en un disco despoblado de sutilezas y pasión como este tributo, se agradece el Noble gesto de ir un poquito más allá. Es poco, pero es algo.

ENTREVISTA A JUAN VILLORO


Periodista, crítico literario, apasionado del fútbol y del rock, Juan Villoro nació en el Distrito Federal el 24 de septiembre de 1956. Es sociólogo diplomado y reportero por oficio, un tipo esencialmente curioso e inquieto, con un carisma a prueba de toda volubilidad de carácter. Aunque no viene mal decir que, detrás de tanto exceso de afabilidad, podría esconderse una neurosis no detenida a tiempo. Y una patología para el diván psicoanalítico que el propio Villoro, por afable, no desmiente ante nuestra requisitoria. Como sea, esta simpatía a borbotones parece haberle otorgado una libertad y una eficacia en los movimientos que siempre lo hace caer parado. Un outsider que siempre está lo suficientemente adentro y afuera como para ser considerado casi una star en el universo literario local y un tipo querido en los círculos ligados al cine, al periodismo, al fútbol.

¿Qué es más peligroso: el aterrizaje o el despegue?

–Yo creo que el aterrizaje, porque el sentido de los viajes para mí es el regreso, la aventura de Ulises. Es mucho más complejo regresar y quizás el viaje es un mero pretexto para volver al punto de partida en el que ya ni el punto de partida ni tú son lo mismo.

¿Es cierto eso que cuenta Bolaño en 2666, que hubo una discusión telefónica al respecto?

–No he leído la novela, así que cuéntemela y le digo si es cierto.

El le dedica una página entera a esto de sus discusiones en torno a qué es más peligroso, si el aterrizaje o el despegue.

–El consideraba, hasta donde recuerdo de pláticas, que si volvía a México, moriría en México; y no lo pensaba porque lo fueran a asaltar o a matar sino porque sumirse telúricamente en la experiencia tan intensa que para él significó México, era un rito tan definitivo de clausura que no saldría de él, entonces decía: “Si quiero estar vivo, tengo que estar lejos de esta experiencia terminal que sería el regreso a México”.

Usted vuelve a la experiencia terminal... regresando de Barcelona al Distrito Federal, con El testigo bajo el brazo.

–No, no es una experiencia terminal para mí. Los mexicanos nos llevamos nuestro país a cuestas, salvo los que se van por necesidades forzosas a Estados Unidos y que de alguna manera reproducen la vida mexicana en las ciudades a las que llegan. El mexicano difícilmente se separa de sus costumbres, de hábitos muy arraigados, entonces mi caso es el de alguien que estuvo voluntariamente tres años afuera y regresa, entonces es muy poco espectacular.

¿Quién es el Maradona de la crítica?

–La que más me interesa es Beatriz Sarlo como crítica de la cultura. El crítico de la sociedad latinoamericana que más valoro es Carlos Monsiváis.

¿Todavía lee poesía?

–Leo muchísima poesía, y esto no lo digo para adornarme. Creo que la literatura más significativa del siglo XX se alimentó de ella y, en buena medida, la mejor poesía del siglo XX la podemos leer en las páginas de Joyce, de Proust, de Faulkner, de tantísimos escritores. La obra de Onetti o de Rulfo tienen un altísimo contenido poético. No me comparo, pero es el tipo de literatura que a mí me gusta.

¿Le ha pesado ser tan afable a veces? Lo digo sobre todo por las chicas, por eso de que a las mujeres les gustan los hombres duros.

–Bueno, sí (ríe). Yo creo que los Libra somos patológicamente conciliadores, es decir, no es una virtud, es una enfermedad. Por ejemplo, el checo Vaclav Havel, que fue un opositor muy sólido a un régimen totalitario, aun así tenía una enorme tendencia a conciliarse con sus torturadores. Eso es algo de lo que yo quisiera liberarme por momentos, pero ya forma parte de mi naturaleza, o sea, no puedo ser de otra manera.

¿Forma parte de su naturaleza estar en el momento justo o no estar en el momento inoportuno? En la Feria de Guadalajara no estuvo en el homenaje aCortázar, ni en la mesa donde Fuentes oficializó a los del crack como sus herederos, y sin embargo está presente.

–Yo, a pesar de que soy muy conciliador, siempre he dicho lo que pienso y tengo una actitud independiente. O sea, creo que un escritor debe hacer su juego en solitario. Es absurdo pensar que uno requiere de otras personas para ejercer un oficio que es el más solitario del mundo, no creo que sea necesario ni válido estar dependiendo de otros.

¿Qué piensa de Fuentes, del crack, de la figura de un escritor institucional que oficializa a sus herederos?

–En toda literatura hay voces que avanzan en distintas velocidades, hay un correo instantáneo y un correo lento. Yo creo mucho en un correo lento, prefiero las caravanas a Internet y creo que la literatura avanza mejor despacio. No creo en consagraciones instantáneas, y ahora que me dieron este premio Herralde no creo que cambie mi vida ni que sea un certificado de calidad que yo no tuviera antes. Me parece interesante que se discutan autores, me parece interesante que Carlos Fuentes, que está muy atento a todo lo que hacen otras generaciones, hable de ellos, es una manera de poner en circulación las voces de muchos escritores. Es importante el que, en un momento en que la literatura depende tanto del mercado y de la difusión, escritores jóvenes como los del crack hayan ejercido una posibilidad de promover su obra y de insertarla en el discurso español y europeo en general, pero lo definitivo va a ser la lectura de cada uno de ellos. A mí me preguntan mucho por el crack, cosa que me da mucho gusto porque quiere decir que tienen una presencia mediática importante, pero me va a dar más gusto cuando me pregunten por el libro de alguno de ellos, porque entonces significará que son un fenómeno cultural y de lectura.

No me dijo qué pensaba de Carlos Fuentes.

–Es que de Carlos Fuentes no se puede pensar una sola cosa porque es como mil máscaras –que, a su vez, es un apodo que le queda bien a él que ha trabajado tanto el tema de la máscara–. Yo doy clases de literatura y para mí es esencial enseñar dos libros de él del año ‘62 que son Aura y La muerte de Artemio Cruz. Aura es la vida de la muerte y La muerte de Artemio Cruz es la muerte de la vida. Además es un autor central para mi generación porque tuvo el tema de la ciudad como gran personaje. No es el primer escritor urbano de México; Martín Luis Guzmán había escrito literatura urbana antes, pero es el primero que convierte a la ciudad en su personaje, que es un tema que a mí me obsesiona. Cuando él escribe La región más transparente, en 1958, yo tenía dos años y la Ciudad de México tenía 4 millones de habitantes. Era una ciudad todavía abarcable culturalmente. Hoy en día la ciudad ha crecido de una manera desaforada, es una especie de asamblea de ciudades y, de alguna manera, la trayectoria que yo he seguido como testigo de la Ciudad de México es la de alguien que comenzó leyendo a Carlos Fuentes cuando la ciudad podía ser articulada al modo de la Guía Rojí y podía tener un sentido unitario, y esta ciudad se ha refractado en muchas ciudades posibles, muchas de ellas que desafían al sentido, y un poco la literatura que yo escribo trata de dotarlas de sentido, de modo que ahí encuentro una conexión fuerte con Fuentes. Por otra parte, es una persona que siempre ha sido muy generosa con el diálogo cultural. Cuando yo estuve en la Jornada Semanal, colaboró con nosotros del primero al último número, y en ese sentido su obra, profundamente desigual, yo creo que responde a un escritor en movimiento permanente. William Styron lo definió como un tiburón. Los tiburones no pueden dormir quietos, aun para dormir tienen que estar en movimiento.

Tuvo que haber leído bastante a Julio Cortázar como para decir que es un escritor de la juventud, ¿verdad?

–La crítica argentina lo trata creo que con excesiva dureza. Yo estaba en la Universidad de Yale cuando se cumplieron diez años de la muerte de Julio Cortázar y propuse que hiciéramos una mesa redonda sobre él, yJosefina Ludmer –que era la jefa del departamento y una gran crítica argentina– me dijo que prefería hacer una mesa sobre Manuel Puig, porque era el gran renovador de la literatura a través del pop, de géneros que no habían entrado de manera canónica a la literatura, como el folletín, los guiones de cine y todo eso, y que, para buena parte de la crítica argentina, Cortázar era una especie de Salgari para adultos, un escritor de aventuras intelectuales y sensuales, pero, a fin de cuentas, superficiales, y que funcionaba mucho como un autor de autoayuda para los lectores jóvenes. En cierta forma, yo fui ese tipo de lector, porque para mí Cortázar fue el escritor definitivo en mi adolescencia; yo incluso consideraba que sus libros eran una especie de tribunal del idioma. Si tenía una duda sobre si escribir de una manera u otra, consultaba sus libros para copiarlos. Y además me interesaba mucho no sólo su literatura sino todo el mundo que lo rodeaba: quería enamorarme de una muchacha como la Maga, quería discos de jazz, vivir en París, o sea, quise agregarle un capítulo a Rayuela, como tanta gente de mi generación.

A veces México, o quizá toda Latinoamérica, puede ser una tierra de sobrevivientes por todas las cosas que pasan: la pobreza, la corrupción, la miseria.

–En México, Colombia y El Salvador se da esta sensación de manera más extremada. Aunque no podría generalizar, tampoco conozco tanto. Hablando de México sí, las nociones de agonía y de resistencia muchas veces son intercambiables. Tú no sabes si alguien al hacer lo que está haciendo se está suicidando o está sobreviviendo. A veces tengo la impresión de que México, más que una cultura del apocalipsis, es una cultura del post-apocalipsis. Creemos que lo peor ya pasó, y quizás ésa es una de las razones de que tanta gente viva en la Ciudad de México. O sea, todos los signos del desastre ecológico que nos rodea, más que ser el anuncio de una catástrofe que va a venir, parecen el resultado de algo terrible que ya pasó y en donde nosotros la libramos de milagro. Entonces nos sentimos satisfechos de estar del otro lado de la tragedia y de que ningún mal sea directamente para nosotros, aunque estemos viendo sus signos por todas partes. Yo creo que ése es un autoengaño necesario para vivir en una sociedad como la mexicana, evidentemente la noción de la fragilidad de la vida está presente en todo momento y la sensación de precariedad es enorme. También por eso yo creo que hay una enorme vitalidad en la cultura. A mí me interesan mucho, por ejemplo, las crónicas de Nápoles en el siglo XVIII, cuando estaba muy activo el Vesubio y había una enorme vida cultural, porque cada día podía ser el último y había que rescatar algo de esa experiencia tan precaria. Entonces para nosotros es igual, estamos al pie de un volcán, que muchas veces es un volcán metafórico, no necesariamente el Popocatépetl, pero esta sensación de vivir a la orilla del peligro produce el reflejo de hacer cosas que no sean ese peligro, que se desmarquen de él y que perduren de otro modo.

Creo que está faltando también una relación de México con el resto de Latinoamérica.

–México por momentos ha sido muy ombliguista. La cultura mexicana te jala tanto y está hecha de tantas mezclas de culturas que yo creo que muchas veces hemos conocido a Latinoamérica, pero porque los latinoamericanos han venido aquí generalmente exiliados; yo me formé en la universidad con profesores exiliados de casi todos los países de América latina, pero solamente viviendo en el extranjero entendí que formaba parte de una comunidad más amplia que México, que era la latinoamericana. Cuando me fui a vivir a Berlín Oriental, rápidamente trabé amistad con muchos amigos latinoamericanos y me pareció sorprendente que hubiera un archipiélago de coincidencias, de emociones compartidas, de afinidades que nos podían constelar como un grupo. Y lo mismo me pasó ahora en Barcelona, pero es una experiencia que yo he hecho fuera de México.

Y como latinoamericano, ¿no le pasa eso que me pasa a veces a mí: que el brasileño representa la utopía latinoamericana perfecta?

–Bueno, yo quisiera ser brasileño todos los días. Sí, de preferencia en el Botafogo. Vocacionalmente cualquiera quisiera ser brasileño.

¿Y cualquiera quisiera ser novelista después de 13 años de empezar una novela?

–Yo hubiera querido ser médico y me equivoqué de profesión. De hecho, estoy perfectamente consciente de que si volviera a vivir, no sería escritor sino que sería médico. O sea, que lo que yo quisiera ser, no puedo serlo. Entonces, lo segundo que quisiera ser es escritor, y dentro de eso soy alguien muy disperso. A lo mejor, si vivo lo suficiente, esa dispersión tendrá una ilusión de versatilidad. Yo me tardo mucho entre libro y libro, y las novelas que escribo cambian mucho unas de otras, necesito irme adentrando en ese mundo y luego escribir de él, y me toma como siete u ocho años pasar a otra novela, y seguramente si escribo otra será el mismo tiempo. Pero eso no me preocupa porque yo creo que cada literatura tiene su ritmo y en cuanto a la percepción de ella, como le decía antes, yo creo que es un tema de tahúres, como aparece en el Quijote, hay que repartir las barajas y esperar que el destino decida si eran barajas fuertes o no. Lo único que uno puede hacer es su juego.

OYE, CHICO



A los 41 años, Gonzalo Rubalcaba es –junto a Chucho Valdés– el pianista de jazz más célebre de Cuba. Algo alejado del mítico virtuosismo que fue su sello, Radar lo entrevistó en Guadalajara (México), donde el pianista participó de un homenaje a Julio Cortázar, y lo hizo hablar de todo: Fidel, la música latina, el karma de ser cubano en el mundo, su próximo disco, que incluirá temas de José Sabre Marroquí, Armando Manzanero y Agustín Lara, y sus famosas manos de veinte dedos.



Dice que en el 2002, cuando regresó a Cuba luego de diez años de ausencia, incluso antes de que el avión aterrizara ya sentía olores y colores que le decían: “Tú eres de aquí”. Sin embargo, los diez días que permaneció en la isla lo inundaron de sentimientos confusos. “Yo era de ahí pero ya no era de ahí”, explica en español a sus ocasionales compañeros de mesa. Luego llama la atención de Charlie Haden y ensaya el mismo discurso en un inglés dulce. Como gran viejo sabio, Haden –el contrabajista que lo descubrió en un lejano 1986 y luego lo invitó a tocar con él y Paul Motian en el Festival de Montreal– asiente paternalmente, entrecerrando los ojos.
“Es curiosa la pregunta que me haces”, comenta Gonzalo Rubalcaba, el pianista de veinte dedos nacido en La Habana en 1963. “¿Sabes por qué es curioso? Porque mientras estuve en La Habana, a cada momento alguien decía: ‘Ya llegará Fidel’. Y yo pienso: ‘¿Por qué tiene que venir Fidel, si este hombre siempre temió a los intelectuales y a los artistas, siempre desconfió del libre pensamiento?’ La verdad es que Fidel ya está tan viejo y está tan mal de salud, que aun para aquellos que lo odian mucho, da pena.”
Es la noche fría en Guadalajara. A Gonzalo parece habérsele pasado el mal humor por el inoportuno zumbido del piano que casi malogra su presentación en el Homenaje a Julio Cortázar del teatro Degollado. El percance, sin embargo, pasó inadvertido para el público, que alucinó con su estética del despojo, la misma que florece al lado del contrabajo por momentos excesivo de Haden y que es el sello actual y distintivo de este hombre negro y pequeño, padre de tres hijos, habitante de La Florida, ganador de Grammys, pianista de profesión. Ahora, mientras cena frugalmente (“no es por hacerme el interesante, la verdad es que no me gusta ir a dormir con el estómago lleno”) y vigila que el salmón de Charlie Haden esté a punto (así, de padre e hijo, es la relación de la que parecen disfrutar el pianista y el bajista), Rubalcaba habla de su pasión por la música latina, un amor que alcanza para tocar los bordes de un género que no sólo hace música para bailar: “los latinos también podemos ser muy tristes”, asegura.
Vestido íntegramente de negro, el pianista recibe a Radar al final del concierto y no puede evitar una sonrisa cómplice cuando la cronista le hace notar que, después de todo, decepcionó a quienes creían que se convertiría en el segundo Chucho Valdés (La Habana, 1941). No le dio para tanto el desenfreno habanero, y por los escenarios del mundo anda Gonzalo tocando en trance, casi a lo Jarrett.
Él no dice Keith Jarrett ni dice Chucho Valdés. Sólo ríe y habla de su evolución, de sus años. Después de todo, el jazz sigue siendo eso que le pasaba a Johnny Carter en El Perseguidor: algo que se está tocando mañana. Está tocando menos con los dedos y más con el alma o quién sabe con qué. ¿Antes tenía más de 10 dedos?
–No, los dedos siempre están ahí. Lo que pasa es que también están los años, que juegan un papel muy importante. Los años significan vivencias, madurez, calma, realización, seguridad, entre otras cosas. Ahora soy un poco más contemplativo, lo que no quiere decir que haya perdido las ganas de luchar por lo que creo justo.
A los 23 años, cuando se dio a conocer al mundo, tal vez era más fácil colgarse el cartel de la latinidad.
–Mira, no hay que echarle la culpa a nada ni a nadie, pero lo cierto es que yo provengo de la escuela cubana, una tradición que es esclava del virtuosismo y que intenta vender ese virtuosismo a cualquier precio. Es muy fácil, además, para muchos pianistas de mi país, recostarse en ese virtuosismo.
Usted descree, entonces, de los virtuosos. –De lo que descreo es de las escuelas para virtuosos. Para mí el virtuosismo es algo con lo que una persona nace. Es la habilidad física, técnica, la que le permite a un pianista hacer cosas que a otro no. El problema está en buscar otros puntos de vista a partir de ese virtuosismo. Ser virtuoso es como ser lindo: nunca dejarás de serlo. Lo importante es plantearse el desafío de cómo crecer a partir de eso que la naturaleza te ha dado.
¿Ése es su desafío?
–Y sí. Sería falsa modestia de mi parte decir que no tengo habilidades para tocar el piano, y gracias a Dios las tengo. Lo que pasa es que esas habilidades también pueden convertirse en un riesgo si no sabes qué hacer con ellas.
¿Chucho Valdés ha sabido qué hacer con su virtuosismo?
–Hay que preguntárselo a él.
¿Usted qué piensa?
–Que pertenecemos a dos generaciones muy distintas y que tenemos dos concepciones de la vida totalmente diferentes. Esas concepciones se reflejan en el arte. El artista no puede ir al escenario sin dejar que se vea lo que ha vivido, lo que es; lo que uno hace arriba del escenario no es más ni menos lo que uno es. No puedes divorciarte de ti mismo cada vez que sales a tocar, porque el público se daría cuenta de que estás mintiendo.
¿Entonces ahora usted es un Rubalcaba del despojo?
–Depende de la música que esté haciendo, del formato, de la atmósfera que encierre el repertorio que estoy trabajando. El concierto con Charlie (Haden) es un trabajo íntimo. Somos dos personas ahí tratando de decir cosas y, más que de decirlas, de transformarlas. Porque, en realidad, las cosas que intentamos decir Charlie y yo ya fueron dichas.
Esa alquimia produce hechos insólitos, como que a veces resulta Charlie el excesivo y usted el austero. Nunca nos hubiéramos imaginado algo así.
–(Risas.) Esa alquimia es la sinceridad. El que la gente vaya a un sitio en espera de algo y se encuentre con lo inesperado, que encima supera las expectativas, es muy válido. Además, Haden es un músico que ha servido de integración para muchísimas generaciones, no sólo estadounidenses sino también latinas y asiáticas. Siempre se ha distinguido, además, por ser ese músico que trabaja con muy poquitas cosas; se ha apoyado mucho en la calidad del sonido, dice mucho a partir de una sola nota y cómo construye una nota. Ésa es una teoría muy válida para hacer música.
Otra teoría es la de Keith Jarrett, que dice que el verdadero músico de jazz es aquel que ha podido encontrar su propia voz y transmitirla.
–Eso es válido para cualquier músico y cualquier persona. Cada quien debe encontrar su propia voz. Tienes que escucharte y seguir tus propios instintos.
Usted, que ha sido candidato a ocho Grammy, ¿cómo ha vivido el veto a los artistas cubanos en la última entrega de los premios?
–Una vez más... se repite la historia.
¿Le hubiera gustado verlo, por ejemplo, a Ibrahim Ferrer en la entrega de los Grammy?
–Yo ya estoy feliz por el hecho de que esta generación conformada por músicos de 70, 80 años o más, haya tenido aunque sea un ratito de gloria merecida. Eso también me da mucho miedo, porque no quisiera que a los artistas de mi generación les pase lo mismo...
Bueno, pero usted tiene 41 y es muy conocido.
–Sí, pero ha costado y sigue costando mucho. El hecho de llevar una bandera cubana por los escenarios del mundo cuesta muchísimo. Ahora no es el momento de hacer disertaciones políticas en torno de esto, pero a los cubanos se nos hace todo muy difícil. Y eso lo sé. Los artistas no tienennada que ver con los desastres que vive el mundo. Los artistas son los que quieren traer paz, amor, armonía entre las personas. Siempre he recibido los Grammy con alegría, porque me gusta que me reconozcan por lo que hago, pero también sé que ése es un premio que sólo sirve para la promoción, para darse a conocer. En muchas ocasiones no premian lo mejor sino lo más conocido, y eso da mucha tristeza.
¿Su próximo disco?
–En las próximas semanas voy a terminar de mezclar el último disco de Charlie Haden. La producción estuvo a mi cargo.
¿Se viene Nocturne 2?
–Efectivamente, es una extensión de Nocturne. El 95 por ciento de los temas corresponde al compositor mexicano José Sabre Marroquí (autor, entre otros, del bolero Nocturnal). Hacemos también un tema de Armando Manzanero y Solamente una vez de Agustín Lara. Este disco es nuevamente la posibilidad de llevar al mundo una música que mucha gente no conoce. Cuando la gente habla de música cubana o latina, piensa muchas veces que es la música sólo para mover los pies. Quiero demostrar que la música cubana también hace llorar, une a la gente, cuenta historias y hace pensar.

sábado 3 de octubre de 2009

Pérez Gay viaja hacia la nada de la mano de sus padres


Como en una Guerra del cerdo al revés, en donde los viejos cuentan su propio deterioro en la voz de un narrador que, buen hijo al fin, toma la posta de la memoria existencial que los define, Nos acompañan los muertos, la nueva novela de Rafael Pérez Gay (México, 1957) deviene en triste testimonio -pero no trágico ni sentimental- de un modo circular de entender el tránsito humano por la vida.

El libro editado por Planeta es también el ejemplo de cómo un tema cotidiano, común y hasta prosaico puede resumirse y expandirse mediante un ejercicio literario en donde convergen todas las técnicas de escritura que el autor tiene a su mano.

“No hagas un libro conmovedor, no te conmuevas”, fue más o menos el consejo que Pérez Gay (autor, entre otros de Me perderé contigo y Paraísos duros de roer) recibió de un amigo cuando se enteró de su proyecto literario.

La enfermedad, el dolor, los médicos (practicantes, como los escritores, de “un oficio de tinieblas”), las medicinas, los arneses y aparatos que intentan, en una partida perdida de antemano, enderezar una columna o movilizar una rodilla, son herramientas que ayudan al narrador a construir su historia de un modo eficaz, con esa sapiencia profesional del que sabe cuál es el instrumento adecuado para usar en cada circunstancia.

Y todo esto lo hace el autor sin derramar una sola lágrima, sin que sus vestiduras se rasguen ni su voz se levante en una prédica grandilocuente y de golpe bajo, propia de otras “literaturas”.

El hombre nace, crece y muere. Punto. Eso y nada más que eso es lo que describe con pluma certera el también autor de Llamadas nocturnas. Y al no dejarse arrastrar por los sentimentalismos, al honrar la profesión que eligió para vivir y morir en este lado del mundo, conmueve hasta las lágrimas Rafael Pérez Gay.

Nos acompañan los muertos es, entonces, una novela dura, triste, dolorosa, un portentoso cul dé sac sin escapatoria que nos deja petrificados frente a una ventana por donde vemos caer las hojas de un ahuehuete, tenemos un vaso de whisky en la mano y por encima de nuestras cabezas las sombras del desasosiego dibujan sus fintas implacables.

¿Que si hay alguna esperanza? Claro, la memoria. Recordar es ser eterno, algo que un buen escritor jamás olvida.

COMO BIOY CASARES

—Su novela es como “La guerra del cerdo” al revés, ¿no cree?

—Bueno, Adolfo Bioy Casares es uno de los escritores que admiro con devoción y hubiera querido aprender algo de su maestría narrativa, sin duda. Es capaz de manejar el humor, de contrapuntearlo con melancolía y tristeza, haciendo un tipo de literatura con la que me siento afín. En efecto, Nos acompañan los muertos es un libro sobre la vejez, sobre dos sombras en sosiego rumbo a la nada que, para más datos, resultan ser mis padres. Aunque quisiera que fueran también cualquier viejo en cualquier parte.

—Lo que es cierto es que estos viejos se mueren y también nos matan, ¿no?

—Sí, nos vamos un poco con ellos; por varias razones, primero porque se llevan una parte importante de la memoria, una parte fundamental diría yo. Justo después de la muerte de mis padres traté de recordar algo, tuve el impulso de preguntar y ya no tenía a quién. Después porque cuando estamos hablando con ellos también nos dirigimos a aquellos que se han ido y que de algún modo nos torturan desde sus tumbas.

—¿Tiene buena memoria?

—Sí. Para mí hay varias memorias. Hay una literaria, otra personal, por no hablar de las dos memorias proustianas, que son la involuntaria y la voluntaria... de modo que estamos llenos de pequeñas magdalenas diarias que nos sirven para evocar algo de lo que fuimos y de lo que ya no seremos. Por eso la novela también tiene que ver con que las cosas muchas veces salen al revés de lo que hubiéramos querido.

—La verdad es que los viejos, los jóvenes y los de mediana edad conformamos un todo...

—Esa es una certeza que se empieza a tener sólo después de cierta edad. Cuando uno es más joven no tiene esa edad “para entender”, es decir, no había llegado a los 40. Efectivamente, somos uno solo y esto creo que lo hemos descubierto ahora que algunos de nosotros conocimos de cerca la vejez. A los primeros viejos que conocí fue a mis padres (N.d.R. Rafael es el menor de cinco hermanos). De hecho, creo que a raíz de los avances médicos, cada vez veremos más viejos en la literatura mexicana, algo que no es nada común. Y me refiero a viejos ancianos, a esa edad alta de la vida. Shakespeare le dio al Rey Lear 86 años de vida, un hecho impensado para la época, pero no para la nuestra. Por tanto, cada vez escribiremos más sobre los viejos.

—Sobre los viejos y desde los viejos. Saramago tiene casi 90 años y sigue produciendo cimbronazos literarios...

—Sí, la vejez no sólo será un tema literario sino una forma de la vida diaria.

—Sus padres cumplieron con usted de una manera casi heroica, vivieron mucho tiempo...

—Los personajes de esta historia y los personajes de mi vida tuvieron una vida privilegiada, una salud de hierro hasta los 87 años y a partir de esa edad empezaron irremediablemente a desmoronarse, a venirse abajo, entrar en las sombras y avanzar hacia la nada. Estar cerca de eso, ser testigo, es una experiencia radical, profunda y en muchos sentidos cercana a la literatura, porque la observas como de lejos. El duelo, decía Freud, es un acto profunda soledad.

CUANDO YA NO PUEDAS LEVANTARTE

—El viaje a la nada es la última caída. El narrador describe muchas caídas de sus viejos y en todas ellas sus viejos se levantaron... hasta la última

—Es cierto y esa vieja y ese viejo saben que ya no hay modo de levantarse, que el reloj biológico está marcando el final. En la juventud, el recuerdo es nostalgia. En la vejez es la percepción de que las cosas se terminan y ya no hay regreso. Ahí es cuando la vida empieza a suceder frente a los ojos de los viejos como si hubiera ocurrido ayer. Esa es una de las características de la vejez que espero haber logrado transmitir en mis páginas.

—El tiempo de la vejez une al presente con el pasado...

—Es una de las cosas que más me entusiasmaban de la historia: hay un momento de la novela en que tienes, casi en un presente perpetuo a un padre joven, a un hijo de la misma edad del padre y luego tienes al anciano de 89 y luego al mismo tiempo aparece la infancia de él. La circularidad de la novela propicia un presente narrativo continuo en donde todo ocurre al mismo tiempo. En el fondo, eso no es más que una ilusión y un deseo de que nada se vaya para siempre.

—En realidad, los tiempos del pasado y del presente son una convención social. En nuestra percepción existencial no los tenemos tan claros...

—Los tiempos son completamente elásticos, se confunden en un gran teatro de la memoria donde algunos tienen más luz que otros.

—En esta entrada a la nada, ¿qué es lo que quedará: el ahuehuete, el whisky, la casa del Parque España?

—Bueno, la casa no porque ahora hay un edificio allí. El ahuehuete está y seguirá cuando nosotros ya no estemos más por aquí. Pero, en esos largos ríos de esas dos vidas, que van uniéndose a otras, quedará la memoria.

—La soledad del dolor también

—Cuando llega la hora de la enfermedad y el dolor, las antesalas de la nada, en ese momento los hermanos se separan porque el dolor no une.

—Hay un capítulo dedicado a los médicos, donde no quedan muy bien parados los señores...

—Bueno, es que no los entiendo. Son como buscadores de desdichas y al final siempre son derrotados. Practican un oficio de tinieblas y me burlo un poco de ellos porque al final lo que tienes es la nada, no tienes a los médicos.

OFICIO DE ESCRITOR

—¿Leyeron sus hermanos el libro?

—Sí y me han dicho que les parece un libro triste, conmovedor por momentos, memorioso... les ha gustado a unos más que a otros. Lo que es interesante aclarar en este punto es aquello que decía Amos Oz en el sentido de que si le pidieran escribir la biografía de Santa Teresa, sería autobiográfica. Pero si la autobiografía no tiene toques ficticios y aspiro y espero que ese momento de ficción exista en mi novela. Lo importante sería no tanto la distancia que hay entre la historia y el escritor, sino la que hay entre el lector y la historia. Si el lector puede leer la historia y encontrarla verosímil, habremos acertado entonces. La naturalidad literaria es producto de un largo trabajo en el laboratorio, en el gabinete. Escribir no proviene de una máquina que hace productos en serie.

—Quiere decir que no escribió este libro nadando en un mar de lágrimas...

—Claro que no, porque no puede ser así. Un amigo que se enteró que estaba escribiendo este libro me llamó para decirme que no me conmoviera, porque si no no iba a poder dar con la historia que quería contar. Los médicos no lloran cuando operan a sus pacientes.

—Toda esta entrevista para darnos cuenta de que usted es un médico frustrado...

—(Risas) Puede ser. Siempre tuve el secreto deseo de acercarme de alguna manera a la medicina, tiene muchos misterios y espero algún día poder escribir una historia que tenga como centro a un médico.

—Éste es también un libro sobre el miedo

—Sí, las cosas llegarán tarde o temprano y uno debe ir viendo cómo las va a enfrentar. El dolor y la enfermedad dan miedo y mi novela gira un poco en torno a ese miedo, es verdad.

—¿Cuáles son sus miedos?

—Me da miedo el dolor. Y tengo pequeños y triviales miedos, como el temer a los elevadores, por ejemplo. Tengo miedo a la deslealtad, a la traición y tengo mucho temor de perder a los que están cerca o de no contar más con la amistad de quienes me han acompañado. Somos, en buena medida, la suma de nuestros miedos.

—El problema con los padres es que se van, pero no se llevan todo...

—Uno se despide de los viejos, pero ellos quedan en nosotros, lo que no deja de ser perturbador e inquietante. Queda significativamente puesta en nosotros una parte que ellos mismos eligieron. Hay libros que me gustan y que son modélicos en torno a la relación con nuestros viejos, como Su oído en mi corazón, de Hanif Kureishi, desde luego Patrimonio, de Philip Roth o Una historia de amor en la oscuridad, de Amos Oz.

—Bueno, pero Kureishi explora mucho la relación con su padre, algo que en su novela el narrador no hace

—No quería que el narrador se convirtiera en el personaje central de mi novela. Quería que los viejos fueran los personajes. De forma impúdica le preguntaba a mis padres historias y detalles de cosas que pasaron hace 70 años y las iba anotando en una libreta. Ya haré el libro sobre mi padre y se llamará “Las últimas tardes con mi padre” y ahí sí confrontaré, reclamaré, diré muchas cosas.

—Se trata de una novela “antilopezobradorista”

—(Risas) La vida política entra como una ráfaga borrosa de estos viejos y las opiniones del narrador cobran así presencia. La novela gira alrededor de los años 1967, cuando los viejos tienen fuerza para herirse y quererse y del 2006, cuando comienzan a derrumbarse.

martes 29 de septiembre de 2009

“Los Tudor” se quedaron sin el magnífico James Frain


La ejecución de Thomas Cromwell a manos de un verdugo con resaca que lo fue cortando en pedacitos, haciéndolo sufrir más de la cuenta, deja a la serie Los Tudor, que se transmitía los domingos a las 21:00 horas, por People and Arts, sin un actor exquisito que, probablemente, haya regalado en el rol del primer ministro de la corte de Enrique VIII la mejor performance de toda su carrera.

Se trata de James Frain, nacido el 14 de marzo de 1968 en la ciudad inglesa de Leeds y producto de la prestigiosa Royal Shakespeare Company, quien se diera a conocer internacionalmente en 1993 en la que la crítica dio en llamar la mejor película de Richard Attenborough, Shadowlands.

“Yo estaba en mi tercer año de la escuela de Arte Dramático y Attenborough estaba buscando un rostro desconocido. Hice una audición y cuando me llamaron para decirme que finalmente me habían dado el papel, no lo podía creer. Está claro que nunca terminé la escuela de teatro”, contó.

Frain, el mayor de ocho hijos, pasó su infancia y juventud en Hertfordshire y es famoso a ambos lados del Atlántico por su ductilidad interpretativa y, sobre todo, por la gran facilidad que tiene para los acentos. Prueba de ello es la candidatura que obtuvo en la categoría de Mejor Actor en el Festival de Venecia en 1995, por su atribulado rol de un terrorista irlandés en el polémico filme de Thaddeus O’Sullivan, Nada personal.

Otro justo reconocimiento es el premio al Mejor Actor de Reparto en Toronto por su desempeño en la genial Sunshine, de István Szabó, en 1999.

En 2005 participó junto a la monumental Jessica Alba en Into the blue (Azul extremo), de John Stockwell, filme en el que Frain, como buen británico, trató de mantenerse muy lejos del agua. “A los ingleses nos gusta permanecer adentro de los barcos y no somos muy aficionados a que el sol penetre en nuestra piel. Más bien adoramos el tocino frito y el humo”, declaró en la premiere.

Delgado, menudo, con un rostro contundente, de facciones duras y tiernas en partes iguales, el actor fue uno de los grandes ejes que explican el porqué del éxito de Los Tudor, creación de Michael Hirst que vio la luz en 2007 y para la que ya hay comprometida una cuarta temporada.

Es obvio que el gran motor de esta muy libre interpretación de la historia de la realeza británica es el portentoso irlandés Jonathan Rhys Meyers. Con su Enrique VIII sexual, déspota y asesino (todo lo resolvía cortándole la cabeza a quienes osaran enfrentarlo), el actor nacido en 1977 en Dublín conquistó al público televisivo, consiguiendo que el DVD con las dos primeras temporadas se convirtiera en uno de los más vendidos en el mundo.

Pero si en los primeros capítulos de la serie fue el santo Tomás Moro (interpretado soberbiamente por el inglés Jeremy Northam), el que hiciera de excelente contrapunto a Rhys Meyers, fue el mencionado Frain —junto al conde de Suffolk en la piel del extraordinario Henry Cavill— el que se robó la atención en la tercera temporada.

Thomas Cromwell no fue de ascendencia noble, pero con sus estudios de Leyes consiguió trabajar con el cardenal Wolsey y se convirtió en miembro del parlamento inglés. Nueve años, después tras ganarse la confianza del rey Enrique VII, fue nombrado primer ministro. Bajo su liderazgo, se llevó a cabo la reforma de la Iglesia anglicana. Aconsejó al rey Enrique reemplazar a Ana Bolena por Jane Seymour, la hermana de su nuera. Su suerte fue sellada cuando sugirió al monarca casarse con Ana de Cleves, a quien Enrique VIII detestaba. Como tantos hombres de la historia (y más de unos cuantos hombres y mujeres de esta corte real), el pico de su ascenso sólo fue superada por la profundidad y velocidad de su caída. En el curso de tres cortos meses en el año 1540, lo nombran primer conde de Essex, es víctima de una conspiración política y es enviado a la decapitación. Su cabeza hervida y erecta sobre una estaca, fue expuesta durante varios días en un puente londinense.

Todos los matices de un hombre que paulatinamente se va haciendo de un poder sin límites y que no duda en imponer su reforma religiosa, aun cuando esto le cueste la vida a miles de personas, son ofrecidos por Frain con una majestuosidad fascinante, propia de un actor con sus tablas, crecido a la luz de los escenarios teatrales.

Con modales austeros y gestos solemnes, el Thomas Cromwell de James recorre la serie sin perder nunca la calma y haciendo del silencio espeso su arma letal. La relación con el rey es reflejo de un vínculo enfermizo, como la que podrían tener dos leones puestos a dirimir fuerzas en un circo romano.

Dice Frain que la buena experiencia que representó haber estado en la serie consistió —sobre todo— “en lo bien que nos llevábamos entre nosotros todos los miembros del elenco”. Tal es así que a pesar de que ya ha sido ejecutado y que no estará más en Los Tudor, el actor sigue viendo a sus compañeros. “No puedo dejarlo del todo y hasta pensé que a último momento no me iban a cortar la cabeza, que me iban a hacer levantar para que pudiera seguir en la cuarta temporada”, bromeó.

Actor shakesperiano por antonomasia, Frain sueña con hacer de Hamlet alguna vez y ha se ha animado con el exigente Rey Lear durante una temporada en The Almeida theatre, en el King’s Cross de la ciudad de Londres. Se ha propuesto también hacer una obra al año “para no perder la mano” en su oficio, puesto que “jamás fue mi sueño convertirme en un actor de cine”.

En la cuarta temporada de Los Tudor, Enrique VIII engordará y se hará viejo. El joven y guapo Henry Cavill (Inglaterra, 1983) ya no tendrá la sombra de Cromwell sobre sus hombros y dará rienda suelta a su contradictorio conde de Suffolk. Los aficionados extrañarán, sin embargo, la presencia de James Frain, quien ya ha empezado a promover su participación en la esperada Tron Legacy, a estrenarse en diciembre de 2010.

sábado 26 de septiembre de 2009

Llega a México la “Tarántula” de Dylan


“Sigilosamente, Dylan sigue aproximándose a la melopea musical que le ronda por el cerebro. Viaja a Nashville donde, con la ayuda de sus famosos músicos de estudios de la ciudad y varios amigos, graba abundante material. El circo dylaniano sólo se detiene por fuerza mayor: el sábado 30 de julio, Dylan sufre un accidente cuando circulaba con su moto (marca triumph 500) por las tranquilas carrereteras cercanas a Woodstock. A partir de entonces, el silencio”. La solapa de Tarántula, de Bob Dylan, escrita por el periodista español Diego Manrique ilustra un año definitivo en la vida de Robert Allen Zimmerman (EU, 1941).

Corre 1966 y el cantautor estadounidense, poeta al uso y figura insustituible de la cultura pop, ya es una celebridad.

Ese es el año en el que se da a conocer Blonde on Blonde, el séptimo disco de estudio del artista, a la sazón considerado uno de los mejores en la historia del rock anglosajón y uno de los mejores trabajos del autor de “Like a Rolling Stone”.

Son épocas duras, existencialmente atribuladas, en las que Dylan comienza a abandonar el corsé de la canción de protesta y se anima, aun a riesgo de ser llamado “Judas” por un sector de sus seguidores, a probar con un sonido eléctrico que definiría toda su obra posterior. Son tiempos, obviamente, de atizar en el fondo de la lengua para propiciar un discurso literario y cancionístico que refleje la esencia de su arte.

Bob Dylan era, entonces, en 1966, un esclavo de su afán experimentador y un obrero incansable en la tarea de construir su obra poética y musical.

Un accidente de motocicleta

En esa búsqueda artística y en el camino denso, oscuro y luminoso a la vez por donde uno de los grandes artistas del siglo XX iba labrando su personalidad compleja y enigmática, se cruzó la motocicleta ya mencionada para dar vuelta en forma definitiva la vida y el pensamiento de un creador fundamental.

Antes del accidente, Bob Dylan se había comprometido con la editorial Mac Millan a publicar su primer libro de “ficción literaria” o lo que luego se dio en llamar su “primera novela”.

“Hablamos de su libro, de sus expectativas y de cómo quería titularlo. Sólo sabíamos que era una obra en preparación, un primer libro de un joven cantautor, un tímido muchacho al que la fama lo había sorprendido, que escribía poesía y estaba teniendo un extraño efecto en muchos de nosotros”, recuerda el editor de Tarántula, libro que en una cuidada edición, con una acertada traducción de Alberto Manzano, acaba de traer la editorial Globalrhytm a las librerías mexicanas. Se trata entonces de un libro que fue firmado en 1966 y que, sin embargo, no vio la luz hasta 1971.

El mito literario

Una escritura automática muy propia del surrealismo en boga en los 60, con una sucesión casi inabarcable de imágenes sensoriales y crudas, ininteligibles en el primer plano de la razón, aunque plenas de una sustancia muy propia de un hombre que puede hacer con las palabras lo que se le antoje, dan rienda suelta a un Dylan que no esculpe las oraciones, ni las trabaja: sólo las vomita a 10 mil kilómetros por hora y ahí, lector, tú verás cómo le haces para entenderlo.

Aunque quién sabe si entender, comprender, sean valores a los que el Dylan de entonces e incluso el de nuestros tiempos (ese que cantó con su voz áspera e inconfundible ante el Papa Juan Pablo II), intente suscribirse con convicción.

Su arte en solitario y rebelde puede -y provocadoramente, también quiere- prescindir de las rutas plácidas y matemáticamente solubles.

Recorrer los intrincados pasadizos de un discurso enraizado en una idea dylaniana por naturaleza: “Yo acepté el caos, pero no estoy seguro de que él me acepte a mí”, es tocar la carne interna de un corpus lingüístico que exalta el individualismo a ultranza, celebra la locuacidad anfetamínica y reveladora de la primera juventud y no esconde el disgusto con el stablihsment ni con los valores predominantes de la sociedad de la época y de todas las épocas: “Me da igual lo que diga Bob Hop. No va a ir contigo a ninguna parte. Además, quizá John Wayne le haya dado una patada al cáncer. Pero mira qué pie tiene. Olvídate de esos tipos de Hollywood que te dicen lo que tienes qué hacer. Los indios los van a matar a todos. Nos vemos en tus sueños” o “¿Por qué tienes tanto miedo de tener vergüenza? ¿Por qué te da tanta vergüenza tener miedo?”, son sólo dos perlitas de las muchas que hay en la célebre Tarántula.

No es este libro, ahora a disposición de los mexicanos, el que dirimirá la cuestión de si hay que darle o no a Dylan el Premio Nobel de Literatura. Lo mejor del creador estadounidense está en sus letras. Sin embargo, esta novelita que no llega a ser novela, es como auscultar el cerebro de un hombre en plena efervescencia. No cualquier hombre, no cualquier cerebro.


jueves 24 de septiembre de 2009

LOS 50 AÑOS DE GUSTAVO CERATI


Los 50 años son cosa seria. Y si no, que se lo pregunten a Michael Jackson, fenecido a pocos meses de cumplidas las cinco décadas y sin haber caído en la cuenta del paso del tiempo, frente al cual siempre se veía joven o más bien niño.
Los 50 fueron una cosa muy importante en la vida de David Bowie, por ejemplo. Los cumplió en el escenario, rodeado de monstruos más o menos ilustres (Lou Reed, Robert Smith, los Sonic Youth, los Foo Fighters) y con 30.000 invitados anónimos que abarrotaron en 1997 las gradas del Madison Square Garden.
Precisamente, fue David Bowie uno de los artistas más influyentes en la vida del músico argentino Gustavo Cerati, quien este 11 de agosto arriba a la cincuentena con nuevo disco y bríos renovados en una carrera en solitario que le viene dejando tantas o más satisfacciones que su rutilante transitar como líder de la banda Soda Stéreo.
Músico precoz, hoy todo un artista completo que lo mismo deslumbra con una técnica guitarrística notable o encandila con una voz cargada de sensibilidad, apenas tenía nueve años cuando en su natal Buenos Aires comenzó a entendérsela con el instrumento que más tarde escucharía vibrar en manos célebres como las de Jimmy Page, el genio de Led Zeppelin o Ritchie Blackmore, el líder de Deep Purple, a la sazón sus ídolos de juventud.
Desde esa primera infancia musical hasta esta realidad de músico consumado, acaso uno de los cantautores más respetados en Latinoamérica, Cerati ha pasado por diferentes realidades artísticas y casi todas ellas exitosas, gracias a méritos que tienen que ver más con la constancia y el trabajo a destajo que con el azar.
Aunque no siempre la fortuna le ha sonreído, sobre todo entre la crítica musical de su propio país y entre mucha afición que durante un tiempo considerable se dividía entre quienes lo amaban incondicionalmente y entre aquellos que le quitaban todo mérito llamándolo “el cheto (fresa) que hace música electrónica”.
El principio histórico de la rica historia profesional de este cantautor célebre y sutil tiene, como es vox populi, a los ochenta como escenario de desarrollo y a toda una estética de música ligera y raros peinados nuevos –como lo inmortalizara el gran Charly García la canción homónima- que dieron origen a Soda Stéreo que era, al decir del crítico argentino Carlos Polimeni, “un trío a lo Police que luego se entusiasmó con The Cure”.
La génesis de Soda se dio en 1979, apenas un año después del Mundial de Fútbol que ganara la Argentina en su propio suelo, generando una manifestación de júbilo popular que abonó el terreno para la caída sin retorno de la cruenta dictadura militar inaugurada en 1976 y que terminaría por ceder ante las presiones democráticas en 1983.
Chicos de clase media al fin y al cabo, fue en la cara y privada Universidad de El Salvador, donde se encontraron los dos estudiantes de Publicidad Gustavo Cerati y Héctor "Zeta" Bosio; en 1982 los dos melómanos y fanáticos de Elvis Costello, comenzaron a proyectar la formación de una banda en la que tocarían temas propios. En ese momento conocieron a Charly Alberti, el futuro baterista de Soda y se arma la movida que cambiaría para siempre la historia del rock en español. Pocos saben que entre las muchas formaciones que probó por entonces el hoy afamado trío, hubo una que incluyó durante un corto periodo la participación del hoy consagrado Andrés Calamaro.
El éxito de Soda Stéreo fue sin dudas el triunfo de una manifestación artística juvenil que intentaba de todas las maneras posibles quitarse la herencia de la solemnidad trágica que dio temas y motivos al repertorio musical de los 70 (con compositores fundamentales como el citado García o el genial Luis Alberto Spinetta), fruto de una circunstancia social marcada por la represión y la muerte de casi toda una generación en Argentina a manos de la cruenta dictadura.
Como bien lo dice Polimeni en su libro Bailando sobre los escombros: “Ese rock argentino, que se desprendía lentamente del pasado, se sentía en primavera y se pensaba desde la imagen, si es posible televisiva, pero que tenía un pasado poderoso, fue el que desembarcó en México”.
“Soda Stereo transmitía una serie de imágenes de poder muy claras: chicos rubios, cultos y refinados, cantando en español sin inflexiones anglosajonas, apostando al futuro, ecualizados con las vanguardias británicas. En secreto, miles de músicos los envidiaron durante muchos años. Algunos transformaron esa envidia en imitación, otros la usaron como estímulo. Una porción la transformó en odio. A todos, puede afirmarse, su existencia les sirvió”.
De la historia de la banda, esos trece años cargados de éxitos, presentaciones en toda Latinoamérica, un consenso en México donde Soda Stéreo es considerado prácticamente un grupo local, dieron cuenta miles y miles de notas en periódicos y revistas. De la separación “porque ya no nos soportamos y preferimos hacerlo ahora antes de que nos empecemos a cagar a trompadas” (Cerati dixit) en 1997, aunada a su reunión millonaria y multitudinaria una década después, se habló hasta el hartazgo en los medios de comunicación del continente.
Sin embargo, poco se ha analizado la carrera en solitario de Gustavo Cerati, un músico exquisito que, tras la disolución de su banda-madre, ha demostrado con múltiples ejemplos, un crecimiento artístico impensable en el marco de su famosísimo trío.
Eso es lo que hoy se sabe: No solo Cerati fue el motor y el combustible de Soda Stéreo (sin quitar presencia meritoria ni capacidades de instrumentistas a Alberti y Bosio, es poco lo que han hecho musicalmente hablando desde la disolución de Soda), sino que desde que abandonara el timón del exitoso trío, Gustavo es más músico, más artista y está más –si cabe- comprometido con una pasión estético-musical que constituye, sin dudas, una moral consistente a la que no ha renunciado con el correr de los años.
Cuando el artista está a punto de arribar a sus primeros cincuenta, las voces se han acallado y no existe quien, entre las opiniones del público aficionado o del poco enterado, cuestione su calidad y su importancia.
En su país, donde la pasión del rock se vive entre los jóvenes y no tan jóvenes casi con la misma intensidad que el fútbol –las mismas virtudes y los idénticos vicios del fanatismo a ultranza-, Gustavo está sentado a la diestra de los padres del rock, ocupando un merecido lugar al lado de Luis Alberto Spinetta, Charly García, Litto Nebbia, Andrés Calamaro y Fito Páez.
Son su sólida presencia y su incansable labor al frente de un repertorio y de un sonido absolutamente identificable como propio lo que lo han erigido en ese pedestal. Por supuesto, a nadie le interesa –por ser tarea imposible, además- desdeñar su pasado “stéreo”, pero ya no caben dudas de que cuando Soda se separó, se integró finalmente la voz de un artista que pudo hacerse más grande que su pasado. Hoy, Cerati es más que Soda, se lo haya propuesto él o no.
¿Cómo lo hizo?
Atento hasta la exasperación, con una amabilidad de otros tiempos que le otorgan un aire aristocrático, Gustavo Cerati conmueve por su sencillez y encanta por su buen decir. Aunque él haya cantado aquello de “Yo quiero ser del jet set”, lo cierto es que como bien declaró a la RS de Argentina: “Nunca me gustó el champán”.
Cuenta una chica que supo ser jefa de publicidad en la Rolling Stone de Colombia que durante una convivencia con el músico, los directores de la revista no disimularon la incomodidad que les produjo la inesperada presencia de admiradores no invitados que se dieron cita en el encuentro. A todos y cada uno atendió Gustavo sin perder la calma y, lo que más sorprendió a los presentes, no fueron las cosas que el músico dijo, sino la capacidad de escuchar con una atención concentrada lo que le decían a él. “Escuchaba a todos como si le dijéramos cosas que él realmente quisiera saber, cosas importantes”, decía la muchacha.
El primer show que Gustavo Cerati vio en su vida fue en los 70. Tocaba Carlos Santana en el club San Lorenzo de Almagro en la época en que, según Gus, el guitarrista mexicano “estaba en su mejor momento. Fue inolvidable”. Y de todos los shows posibles, tiene para sí un sueño misterioso: “Soñé que me moría tocando en Japón…”, le confesó a la revista Rolling Stone Argentina.
Él, que no sale al escenario si antes no se toma un tequila y no se da un abrazo con cada uno de los músicos que lo acompañarán en el concierto y que ha dado ya más de 1300 shows por el mundo, es un artista para el que los anfiteatros resultan los sitios predilectos de actuación y que se reconoce hijo viviente de David Bowie, pero también discípulo directo de Frank Sinatra.
Como fuere, el artista cuyo premio mayor es la cara de felicidad de la gente cuando termina de dar un buen concierto, ha venido completando más de una década como solista en la que logró sortear la mirada adusta con que los críticos y, sobre todo, los aficionados a Soda Stéreo se dedicaron a observarlo con mucha prisa y sin nada de pausa. “Hay gente a la que le caigo bien y hay gente a la que le caigo para el orto y no hay nada que pueda hacer al respecto”, declaró al periodista Hernán Ferreirós en una célebre entrevista otorgada al periódico Página 12.
TOCANDO SOLO
El primer disco fue Amor amarillo en 1993 cuando las relaciones entre los integrantes de Soda Stéreo eran notoriamente ríspidas. No fue de ninguna manera el inicio de su carrera como solista, pero la versión memorable de la canción de Spinetta “Bajan” representó toda una declaración de principios para una estética profunda y poética a la que se volcaría de lleno cuando se disolviera el trío.
En 1999 llegó Bocanada, una mezcla de pop, rock y música electrónica que es considerada hoy la mejor entrega del Cerati solista. Fue disco de oro y, al finalizar el año, Gustavo obtuvo el reconocimiento de la mayoría de los medios especializados de Argentina, que manifestaron su opinión en los resultados de las encuestas que repasaron la producción musical de ese año, consagrándolo en distintos rubros tales como "Mejor Disco" y "Mejor Solista" del año; así como también premiaron su trayectoria eligiéndolo "Artista de la Década" junto a Charly García.
Siempre es hoy, en 2002, muestra influencias que se mezclaron con el pop, el hip hop y el rock en un disco con edición simultánea en Argentina, Estados Unidos, México y Chile.
En 2006, su cuarto disco en solitario, Ahí vamos, fue disco de platino con 40 mil unidades vendidas antes de salir a la calle, los samplers dejaron su lugar a las guitarras, las derivas sonoras a las canciones directas y la experimentación a la contundencia pop.
De todas las cosas que se dicen de su música y de su persona, no hay nada que moleste más a Cerati que aquello de que es “un fresa”. Sin embargo, nada le importa menos que las críticas o las reseñas de sus distintos materiales, tal como lo expresó en una entrevista a Página 12: “El primer fan al que trato de complacer es a mí mismo. Y yo imagino que la gente va a vibrar de la misma manera que yo. Siempre fue así. Me doy cuenta de que si la guitarra está más potente a cierto tipo de público parece gustarle más. Pero también está el otro que dice: “A mí me gustaba más el Cerati electrónico”. Si mi naturaleza no me permite hacer algo o estoy forzado a hacerlo lo voy a pasar mal. A mí me cuesta mucho lo que hago. No me sale fácilmente. A veces las canciones salen una tras otras y a veces hay momentos de blanco total. No vivo todo el tiempo creando, hay momentos en los que siento que me chupa un huevo todo y que quiero vivir otras experiencias”, declaró.
Jamás obligado a hablar de cosas importantes o trascendentes, sin por ello compelido a una banalidad sin sentido, Cerati cultiva un ars poetica muy alejada de lo cotidiano. “Las bandas que me parecen insoportables son las que no hacen más que hablar literalmente de lo que les pasa alrededor como si fueran un noticiero. ¿Qué tipo de imaginación hay ahí, qué tipo de creatividad? Nada”, ha expresado en una ocasión.
Aunque su vida transcurre entre giras por todo el mundo, Gustavo Cerati odia los aviones y se considera un auténtico sobreviviente de los excesos químicos y alcohólicos que mataron a muchos de sus colegas y congéneres: “A lo largo de los años he jugado con el abuso y con la constricción en varias oportunidades. Sucede que algunos hemos tenido mejores niveles de alarma.”, dijo en una entrevista. Dejó de fumar sus dos paquetes de cigarrillos diarios a causa de una tromboflebitis y permanecer un par de días en terapia y ya no toma cocaína, un combustible habitual en su etapa de Soda Stéreo. Consume ahora comida naturista y dos por tres tiene ganas de abandonarlo todo para dedicarse a pintar óleos.

ELVIS COSTELLO EN LA ONDA EXPANSIVA


Muchas cosas le pasaron a Elvis Costello desde que en el año 2003 se casó con la cantante y pianista de jazz Diana Krall. El legendario cantautor inglés devino desde entonces en una suerte de mago extrovertido, como si el contento de su corazón hubiera conseguido sacar, desde lo más profundo de su alma, a un artista capaz de entenderse con todos los públicos, con todos los colegas, con todas las señales que codifican a un músico en charla franca con el universo circundante.

Ese hombre es ahora un gran conversador alejado de la melancolía punk o de la verborragia alcoholizada que a principios de los 80, en un bar de Ohio, le hizo apartarse del cauce sensible de su personalidad y mostrar la ferocidad racista de un exabrupto absolutamente olvidable. Cuenta la anécdota que Costello estaba junto a Stephen Stills -de Crosby, Stills & Nash- y con la rubia Bonnie Bramlet, integrante de Delaney & Bonnie. Los tres hablaban, muy ebrios, de música, cuando Elvis se refirió a Ray Charles como “un negro ciego e ignorante”. A cambio de su calificación racista recibió una trompada por parte de Stills y la absoluta indiferencia del propio Ray Charles, quien enterado de aquello se limitó a reír y a decir: “Sólo fueron cosas de borrachos”.

Nació como Declan Patrick Aloysius MacManus el 25 de agosto en Paddington, una localidad al noroeste de Londres, donde vivió como hijo único de un padre trompetista y una madre que regenteaba una tienda de discos.

Las canciones de cuna de quien se convertiría en Elvis Costello (sustrayendo el nombre de pila al dios del rock Presley y usando el apellido de su abuela materna) fueron el jazz y la música clásica, géneros que sin dudas constituyeron la erudición musical de la que hace gala en su programa de entrevistas por HBO: Spectacle.

Una primera serie de 13 episodios en un formato donde con su habitual sombrero hongo, sus anteojos de pasta y el infaltable traje negro, el simpático esposo de Diana se dedica a conversar con sus pares más famosos, funge como un espacio de privilegio para los espectadores melómanos.

Distendidos y a la vez admirados por poder ser entrevistados por alguien a quien consideran un genio, figuras como Sting o Elton John han sacado de sí sentimientos desconocidos frente a una platea generalmente arrobada entre la que suele encontarse a menudo la guapa señora de Costello.

La entrevista al grupo de The Police, por ejemplo, es una verdadera joya televisiva que tras ser mirada varias veces deja como resultado el despliegue de un trío que hace rato ha renunciado a resolver sus diferencias.

Inolvidable resulta la cara de Sting en franca desaprobación por las declaraciones de su compañero Stuart Copeland, quien a su vez se refería en todo momento a The Police como “mi banda”, así como enternecedora la imagen del guitarrista Andy Summers en incómoda postura de mediador entre ambos egos incontenibles.

La emoción del contrabajista Charlie Haden al tocar con su amigo del alma Pat Metheny en un homenaje al ex presidente Bill Clinton, quien fue a ver a Elvis para hablar de música y de su saxofón.

La consistencia musical de Elton John, quien rememorando sus influencias artísticas corría al piano para ejemplificarlas de forma inconfundible.

La voz cascada del propio Costello, aquel que se nutriera de la new wave y el primer punk británico (el más auténtico, el más desgarrador) para componer canciones imprescindibles, ya sea cantando un tema de Charlie Mingus o uno propio.

Todo eso y más es fruto de una madeja desenredada por un Elvis Costello más joven y vigente que nunca, hermano de Tom Waits, hijo putativo de Burt Bacharach, heredero auténtico de los Beach Boys, de los Beatles, en cuyo territorio sagrado: Liverpool, Elvis vivió durante unos cuantos años.

Hombre y músico de estos tiempos, Costello ha decidido regalar por Internet su último disco, antes de que se ponga a la venta en todo el mundo el próximo 2 de junio.

Se trata del acústico Secret, Profane & Sugarcane, que incluye dos temas escritos por el mítico Johnny Cash y otro que popularizó Bing Crosby, “Changing Partners”. Para compensar tanta generosidad, Elvis pide sólo una cosa a cambio: “Espero que cuando la banda toque estés ahí". Así será.

GUSTAVO CERATI: MENTIRAS VERDADERAS


Mentir “es fundamental”, dice Gustavo Cerati metido en una chamarra de piel color café, fumando un cigarrillo rubio y escondido detrás de unas gafas de sol, aunque en la terraza del hotel W paseen las nubes, suenen los cláxones y rujan los aviones.

Tiene la voz de un joven, la melena raleada ya no alcanza para esos “raros peinados nuevos” (Charly García dixit) con que inauguró una estética rockeramente glamorosa en los 80 y sus manos tiemblan. Hay arrugas y, aunque él no parece el rockstar rubio, soberbio y distante del que habló mucho la prensa a lo largo de 30 años de carrera, este Cerati 2009 es fríamente amable, espasmódicamente sereno, certero y firme en las respuestas.

Aquí está el hombre de flamantes 50 años (Buenos Aires, 11 de agosto de 1959) con un disco “artesanal” bajo el brazo, encadenado este Fuerza natural a un momento artístico crecido en la más honda soledad (“soy cada vez más solitario”).

Las 13 canciones del nuevo disco del fundador y líder de Soda Stéreo constituyen un sistema donde reina la emoción, elemento sólido que, según admite el propio cantante y guitarrista, “será difícil recrear o volver a crear en vivo”.

Sin embargo, el 15 de noviembre estos nuevos temas verán la luz en vivo. México será el primer lugar de la gira de un mes y Martin Phillips, el célebre diseñador de los Nine Inch Nails, quien pergeñe un escenario ad hoc para que Cerati, que no mira al pasado, que odia que las canciones se transmitan por teléfono y que ha hecho una buena cantidad de Fuerza natural en formato vinilo “porque no hay nada mejor que esto a nivel de sonido”, siga jugando al arte de la verdad que, para alguien de su talla, consiste en enmascarar y enmascararse.

La canción es la misma

—Dice usted que “esta canción ya se escribió”, que es como decir, igual que Zeppelin, que “la canción es la misma”.

—Lo que digo en “Deja vu” es que ciertos patrones rítmicos y armónicos vienen más allá de uno. Hay algo que está como escrito en el aire y tiene algo de misterioso, pero también es muy cotidiano. Este es un disco rockero en algunos aspectos, pero menos distorsionado que el disco anterior. El rock de Fuerza natural está más relacionado con la sicodelia y con el blues, con el folk.

—De hecho hay por ahí un tema muy Simon & Art Garfunkel...

(risas) —Sí, efectivamente. La mirada es un poco hacia esa época de fines de los 60 sin llegar a ser tan retro.

—¿Le molesta la palabra retro?

—No, pero no soy una persona necesariamente retro, sólo que hay épocas de la música que me gustan más que otras.

—Habló mucho de su ideario estético, contraponiéndolo a aquel que está más metido en la realidad...

—Mi discurso es un poco combativo sobre todo porque hay gente que cree que si uno se pone metafórico o relativamente poético está olvidándose de lo que ocurre alrededor. Trato de que el disco sea un instrumento de escape hacia la fantasía

—Luis Alberto Spinetta es uno de los músicos más incomprendidos de Argentina y a la vez uno de los más amados...

—Exacto. Y él fue un modelo para mí, una influencia mucho más fuerte que otros que son más descriptivos o cuentan. Yo no soy bueno para eso. Lo mío son imágenes, pinceladas de emoción.

La salud y la enfermedad

Gustavo Cerati tuvo en 2006 una grave enfermedad llamada tromboflebitis a raíz de la cual estuvo sin caminar durante mucho tiempo. Dice estar plenamente recuperado “aunque advertido”.

—¿Sintió miedo?

—Un cagazo terrible. Parece ser que es por andar tanto tiempo arriba de los aviones. Fue un problema circulatorio bastante cabrón y estuve 10 días inmóvil.

—¿El artista tiene que ser honesto?

—La persona tiene que ser honesta, el artista puede ser cualquier cosa. Mentir es fundamental. Invento muchas cosas.

—Su padre fue muy importante en su carrera. ¿Es un ejemplo a seguir?

—Sí, él tenía muchas cosas que yo no voy a poder tener. Era una persona de mucha vitalidad, con pensamientos elásticos pero siempre en defensa de su dignidad. Murió de cáncer y siempre está presente.

—¿Para Benito, su hijo mayor, que participa en el disco, es difícil ser Cerati?

—Y sí, es algo fuerte. Hay miles de ejemplos en la historia de la música. La comparación es inmediata, pobre muchacho. No sé a qué se va a dedicar finalmente Benito, que recién tiene 15 años, trataré de aliviarle el camino, pero no es nada fácil.

—Su vida privada siempre estuvo muy protegida ante los medios...

—Y es medio hinchapelotas que te quieran preguntar siempre de tus cosas. Yo no tengo para nada la vida resuelta y no me vas a ver mucho en programas de televisión.

LAS HISTORIAS QUE CUENTA UN CUBANO CUANDO NO SABE BAILAR


El día en que Silvio Rodríguez vio un ovni (fue en México); las tumbas olvidadas del tuberculoso Pedro Junco (aquel que escribiera el bolero inmortal “Nosotros”) y del campesino y cantor Polo Montañez, muerto en la cima de su carrera musical a causa de un accidente automovilístico. Las mujeres mexicanas que amó Silvio Rodríguez, sobre todo la bailarina Tihui Gutiérrez, a quien el cantautor le escribió aquello tan hermoso de “Disfruté tanto tanto cada parte / y gocé tanto tanto cada todo”.

Los cubanos que en Cayo Hueso organizan un concurso de parecidos con Ernest Hemingway; los gatos de seis dedos que conformaron la raza “Hemingway”, una variedad gatuna que sólo vive en la casa que el escritor tenía en La Florida. La “cubanía”, sobre todo cuando esa característica nacional inasible declara tácitamente que las mujeres tienen cojones y que las madres amantes deben, por sobre todas las cosas, vigilar la salud del miembro viril de sus hijos.

Las leyendas de un pueblo parlanchín y nostálgico, como aquella que asegura que (otra vez) Silvio es el mayor mujeriego desde que Colón descubrió América en 1492, pero que a la hora de sostener en la cama lo que la fama internacional le ha otorgado, el hombre queda hecho jirones como su célebre playa.

Un canto de amor a través de 9 crónicas (que no diez) verídicas de la vida en la isla fue lo que construyó el periodista Ruibén Cortés (Pinar del Río, Cuba, 1964) en sus ociosas y angustiantes horas de desempleado.

El libro, titulado (cómo no) ¡Cuba, Cuba! y publicado por Cal y Arena, es un delicioso cuadro de costumbres de un pueblo que como bien dijo el cantautor argentino Gustavo Cerati la semana pasada: “No importa una mierda lo que pase con Juanes: los cubanos son lo más”.

Y siendo lo más, han tenido que conformarse con lo menos de una Revolución que por darlo todo dio educación y salud, para restar libertad, bienestar y diluirse, como dice Cortés, “en un doble bloqueo: por un lado el externo que desde hace años ejercen Estados Unidos y sus aliados y, por el otro, el interno de un gobierno institucional que teme a los jóvenes y no los deja ascender”.

Cortés, que desmiente su condición de cubano de postal y dice con cierta arrogancia que no sabe bailar y que, por tanto, se niega a ser el alma de la fiesta, es un periodista de raza que, siempre a instancias de su gran amigo y editor Rafael Pérez Gay, saca tiempo de donde no tiene para escribir libros ligados a su oficio. Antes de ¡Cuba, Cuba! escribió Crónicas de guerra, sus experiencias en Irak y Afganistán, prologadas por otro amigo entrañable, su compatriota Eliseo Alberto y 9 meses en la eternidad, la proverbial historia de aquellos mexicanos rescatados en las Islas Marshall y que, según contaron, habían permanecido todo ese tiempo a la deriva.

El haberse quedado sin empleo posibilitó que estas nueve crónicas vieran la luz en unas páginas donde el humor y la tristeza se reparten en porciones idénticas. Justo cuando Rubén iba a desarrollar la décima historia, consiguió trabajo y se hizo subdirector de un periódico.

Ser cubano de Cuba

—¿De quién se siente más compatriota: de los que están en Miami o de los que están en La Habana?

—Definitivamente de los cubanos de Cuba. No tiene sólo con haber nacido en un lugar específico, sino también con pensar de determinada manera. Siempre tienes una patria; cambias de papeles pero no de patria. Aquí en México llevo 14 años y pago impuestos, escribo de política nacional, ayudo a construir una sociedad, pero mi patria es Cuba. Mis recuerdos están allí. El problema del emigrado, precisamente, es que no tiene recuerdos del lugar donde está.

—¿Y eso es lo que les pasa a los cubanos de Miami?

—Voy mucho a Miami, me encanta, es un lugar parecido a Cuba, pero el cubano que llega allí inmediatamente adquiere una arrogancia que no la tiene normalmente el nativo. El cubano de Miami se siente en la necesidad de convertirse en un anticastrista furibundo y salir a la calle a romper los discos de Juanes.

—¿Y qué pasará con estas dos maneras de ser o sentirse cubano?

—Que tarde o temprano, como nada dura para siempre, un día -para bien o para mal- el sistema de gobierno va a tener que cambiar. Y ese día, los cubanos se van a unir, como lo hicieron los argentinos después de la dictadura o los españoles después de Franco.

—¿Se van a unir a través de eso que se llama “cubanía”?

—No te creas, ¿eh?. Quienes practican la cubanía, lo hacen de forma exagerada. Los cubanos que están en mi libro son personas como yo: muy normalitas. Por ejemplo, soy cubano y en mi vida he bailado. No soy el alma de la fiesta. Y lo que suele pasar con muchos emigrados es que exageran esas cosas típicas con que se asocia a nuestra nacionalidad, para ser aceptados e integrarse más fácil.

—¿Su libro es uno de amor a Cuba?

—Sí, por supuesto. Sobre todo a los cubanos que se quedan. Porque la verdad es que los que se van ahora, no lo hacen por temas políticos. Los que se fueron en los inicios lo hicieron porque Fidel les quitó el poder; luego se fueron los que sintieron que Fidel les quitó la Revolución. Y los que se van ahora, lo hacen porque quieren vivir mejor. Mi libro es para los que se quedan, no porque sean socialistas o comunistas, sino porque los colibríes hacen el nido en el patio de su casa y eso hace a su país el mejor del mundo. Aunque sea mentira, aquí, en el balcón de mi departamento, los colibríes también hace nido.

LA BATALLA FUTURA


La salida de Una novelita lumpen, la última novela publicada en vida del escritor chileno Roberto Bolaño, fallecido en 2003 a los 50 años, la traducción al chino de Los detectives salvajes y la preparación del documental La batalla futura, cuya primera parte transmitirá el canal 22 en diciembre, demuestran la vitalidad de un autor que vive su mejor y póstumo momento literario.

La victoria o el triunfo, valores raros en un escritor para quien la literatura era una forma de vida más que una competencia o un ascenso hacia cima alguna, desmadejaron por completo un ovillo cuyas primeras hebras ya había visto el propio Bolaño desperdigarse en su suelo. Prueba de ello es la ya mítica reunión de autores latinoamericanos jóvenes en Sevilla, año 2003, y a la que asistió con su inefable personalidad de rocker, contando chistes malos y convirtiéndose sin quererlo –como escribiera a poco de su muerte el editor Jorge Herralde- en “ líder indiscutible, faro y tótem”, de la generación más joven de escritores en español (Fresán, Volpi, Pauls y otros).

Para entonces, ya había sido publicada la proverbial Los detectives salvajes, una novela consagratoria que resultó ser la gran novela mexicana de la contemporaneidad, que apareciera en 1998 y le diera a su autor el prestigioso premio Rómulo Gallegos y el Herralde, de Anagrama.

Inolvidable, como inolvidables fueron casi todas sus intervenciones públicas fue el discurso de Caracas con el que Bolaño agradeció el Rómulo Gallegos, fiel testimonio de una manera de entender la literatura (“no basta con escribir maravillosamente bien, hay que saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso”), de un modo agridulce de saberse atado al destino de una generación (la de los nacidos en los 50 que “de más está decir luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería”) y de un dulce escepticismo hacia las cosas que pudieran atarlo a una nacionalidad inmutable (“Pues a mí lo mismo me da que digan que soy chileno, aunque algunos colegas chilenos prefieran verme como mexicano o que digan que soy mexicano, aunque algunos colegas mexicanos prefieren considerarme español”).

Así que este Bolaño nacido en Santiago de Chile de 1953, que tuvo a bien revolucionar “cortazarianamente” la literatura latinoamericana (A su modo, Los detectives salvajes fue para toda una generación una nueva Rayuela, espejo prosístico donde se miraron las caras y se percibieron las almas miles de lectores en lengua española), nació al sur del continente, vivió su adolescencia en el DF (país al que llegó cuando tenía 15 años y en cuya capital se hizo hombre e intelectual, cubriendo un periplo comprendido entre el Café La Habana y la UNAM, a la que nunca asistió como alumno) y terminó sus días en la catalana Blanes.

LA VIDA ÚTIL

Vendedor de bijouterie en una tienda regenteada por su madre, Victoria Ávalos, vigilante en un camping llamado “Estrella de mar” en Barcelona y dúctil cocinero especializado en preparar de múltiples maneras el arroz, platos con que enamoró Carolina López, madre de sus dos hijos Lautaro y Alexandra, Roberto también fue pobre, pagó la renta durante mucho tiempo a base de ganar concursos literarios en España y, fundamentalmente, fue un poeta devenido en novelista, con una obra sólida que hoy constituye un legado insoslayable.

A los 38 años le fue descubierta una enfermedad en el hígado que terminó con su vida a los jóvenes 50, cuando esperaba casi en vano un trasplante que le hubiera alargado la existencia y hubiera ensanchado el continente de sus libros.

“A esa edad supe que no era inmortal”, ironizaba. Era la ironía uno de los deportes a los que se había aficionado con precisión de atleta olímpico. “Y aprovecho este paréntesis para agradecerle una vez más al jurado esta distinción, especialmente a Ángeles Mastretta”, dijo Bolaño en el célebre discurso de Caracas. La escritora mexicana fue la única en el jurado que había votado en contra de Los Detectives Salvajes y la broma del escritor fue la enunciación de una estética que los enfrentó sin que la autora de Arráncame la vida, que no conocía la obra del chileno, tuviera una participación activa. Más bien era Bolaño el que la llamaba “escribidora” (término que también aplicaba a sus compatriotas Isabel Allende y Marcela Serrano), con notable desprecio. A casi 10 años de aquel acontecimiento, Mastretta afirmó a esta cronista que “no haber votado por Los detectives salvajes fue un error que pagaré toda mi vida. Sí, yo voté en contra de Bolaño y me equivoqué drásticamente. Es cierto que me gustaba mucho más la novela de Eliseo Alberto, Caracol Beach, al menos lo entendía más, pero ahora que Bolaño es un autor de culto y que lo he ido poco a poco descifrando, lo respeto, aunque su literatura no me apasiona”.

Bolaño amaba el cine de ciencia ficción, miraba televisión, escuchaba música del brasileño Lenine, oía a The Pogues, Elvis Presley, Suicide y Bob Dylan. En los últimos días de su vida bailaba nietscheneamente en su estudio la canción “Lucha de gigantes”, de Antonio Vega, el fallecido líder de Nacha Pop.

A pesar de que su adicción al tabaco le daba pocos puntos en la lista de los posibles trasplantados (“Por acá todo va bien. Sigo el tercero en la cola de espera”, escribió a una amiga) , era un hombre que quería vivir. Hacía planes para cuando tuviera un nuevo hígado: “No sé cómo me las voy a arreglar cuando me cambien el hígado. Se supone que entonces tendré que tomar más de treinta pastillas diarias. ¿Cómo me acordaré? En fin, ya veremos”, confesó a un cercano. Se interesaba por la política latinoamericana: “No seré yo el que te diga que en política la realidad y el deseo son dos cosas bien distintas. Para mí Lula es, en principio, un antiguo obrero que promete hacer lo posible para que todos los brasileños coman tres veces al día. Como objetivo político, o de política social, no está mal, es razonable, aunque como utopía es francamente pobre. Es como si Joyce, por poner un ejemplo de utopía literaria, hubiera dicho que su objetivo era combatir el analfabetismo irlandés y hacia ese fin hubiera dirigido todas sus energías. Sobre todo, porque Joyce, si se hubiera dedicado a alfabetizar, no hubiera conseguido nada, que será lo que Lula, mucho me temo, conseguirá al final de su mandato”, escribió a esta cronista.

Bolaño, que cuando le preguntaban por qué le gustaba llevar siempre la contraria contestaba: - “No, yo no llevo la contraria”, se anotaba en todas las polémicas posibles e imposibles, como aquella que consistía en defender el honor de los vinos de su país de origen: “Te lo juro de rodillas y por la sombra incorrupta de San Martín salvándole la vida a O´Higgins que los vinos chilenos son buenos y, ciertamente, mejores que los argentinos. En mi niñez viví en Cauquenes, provincia de Maule, una región que ostentaba el primer lugar en el índice de alcoholismo patrio. También era la capital del espiritismo, creo que hasta los curas hacían sesiones con la mesa de tres patas. De Cauquenes recuerdo sobre todo dos episodios decisivos: en uno de ellos me di cuenta de que cada persona es un mundo y que la lejanía podía ser sinónimo de muerte pero también de viaje hacia el interior vacío de cada uno. En el otro comprendí lo que era el teatro. La obra en cuestión era una mierda: La pérgola de las flores, de autora chilena, pero a mí me gustó tanto (era un niño sensible) que al salir no supe si salía de La pérgola o entraba en una obra mayor e incomprensible, la de las calles de Cauquenes, la noche de Cauquenes, Chile. Latinoamérica, the world. Visto en perspectiva, lo primero que se me ocurre es preguntarme cómo mi madre dejó que un niño de doce años fuera al teatro solo. Recuerdo que cuando mi padre nos iba a visitar, al regreso compraba vino, el de Cauquenes tenía fama de ser de los mejores”.

LA FAMA PÓSTUMA

¿Qué sentimientos le despierta la palabra póstumo?, le preguntaron a Roberto Bolaño en la última entrevista. Y él respondió: “Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor”. Lo cierto es que su muerte, acaecida en 16 de julio de 2003 y, como titularon muchos periódicos, ocurrida “en su plenitud creativa”, dejó desolados a sus hijos y a amigos entrañables como el escritor Rodrigo Fresán y el crítico español Ignacio Echavarría y, con una ironía muy propia de su carácter, le dio al destino la oportunidad de convertirlo en una de las mayores celebridades literarias del mundo.

Con 2666, su enorme y elogiada obra póstuma, Bolaño dejó de ser un autor de culto para volverse un escritor traducido a muchos idiomas, entre ellos el inglés, lengua que hoy en EU le rinde pleitesía mediante la publicación de sus libros y de críticas laudatorias en los principales periódicos y revistas especializadas.

De esa novela de más de mil páginas, Jorge Volpi dijo: “es una de las novelas más poderosas, perturbadoras e influyentes escritas en español en las últimas décadas. 2666 sólo puede leerse completa, sus más de mil páginas de un tirón, dejándose arrastrar por la marea de su escritura, su avalancha de historias entrecruzadas, el torbellino de sus personajes, el tsunami de su estilo...”.

La semana pasada, los cables de las agencias dieron la noticia: Los detectives salvajes llegaba a la nación con más lectores en el mundo de la mano de la editorial Shanghai Century y las hazañas de Arturo Belano, álter ego del escritor, se podrán leer en chino mandarín.

BOLAÑO: LA PELICULA

En México, el cineasta chileno Ricardo House graba contrarreloj el documental La batalla futura, una película íntima donde amigos de todas las épocas de Roberto Bolaño, reconocen su valía y que, con música del mexicano Alonso Arreola, será transmitida en canal 22.

Se trata de conversaciones tú a tú con personas que tuvieron una presencia clave en la vida del autor chileno, por caso la artista plástica Carla Rippey, nacida en Texas en 1950 y que fue muy amiga en la juventud de Bolaño, cuando éste apenas tenía 23 años, se dedicaba a liderar junto a su amigo de toda la vida, el poeta Mario Santiago (1953/1998), el movimiento literario de los infrarrealistas y a interrumpir todas las intervenciones públicas de Octavio Paz.

Habla también en La batalla futura, el poeta chileno Hernán Lavín Cerda, (Santiago, 1939), quien fuera testigo de esa juventud furibunda y de los poemas leídos a voz en cuello por parte de un chico que estaba enamorado perdidamente de una muchacha llamada Lisa.

La voz del editor al que llegó a querer como un padre, Jorge Herralde. La voz de Jorge Volpi, que le dedicó un capítulo entero en su reciente libro de ensayo, Mentiras contagiosas (Páginas de espuma, 2008). La voz de su primer editor, Juan Pascoe, la de la francesa Fabienne Bradu (quien incluyó a Bolaño en su libro finalista del premio Anagrama, Los escritores salvajes). La emocionada voz de Carmen Boullosa, su amiga...

El lunes próximo, Anagrama pone a disposición de todos los lectores en este país, su último trabajo publicado en vida. Se trata de Una novelita lumpen con la que el autor participó del proyecto de Editorial Mondadori, "Año 0", en el que siete escritores hispanoamericanos respondieron al encargo de escribir una novela sobre alguna de las grandes capitales mundiales. Roma fue la ciudad elegida por el chileno.

Son sólo pequeños destellos de un gran rayo luminoso que reproduce su energía en el mundo, para dar cuenta de la larga vida literaria que tiene un escritor desafortunadamente ido en lo mejor de su edad y al que mucho se lo extraña.

ANTHONY KIEDIS


Por esas venas donde antes corría cocaína, speed, heroína negra, heroína persa e incluso, a veces, LSD, ahora transita ozono, “un gas de olor maravilloso” que ha sido utilizado legalmente en Europa durante años para tratar desde accidentes cerebro-vasculares hasta el cáncer. Quien se somete al suave tratamiento de una enfermera rubia que se hace llamar Sat Hari es Anthony Kiedis, nacido en Michigan, EU, el 1 de noviembre de 1962.

“Estoy tomando ozono por vía intravenosa porque a lo largo del tiempo, en algún lugar a lo largo de mi vida, contraje hepatitis C causada por mi experimentación con las drogas”, dice el líder de la banda de rock Red Hot Chili Peppers, una especie de Iggy Pop posmoderno tan sensual y enigmático como la vieja iguana.

Difícil constreñir en una sola definición la proverbial y a menudo milagrosa presencia de un frontman inigualable. Como si el elemento sexual que constituye su estar y ser en el escenario no bastara. Como si el modo hiperkinético de cantar las rolas tristes, provocadoras, profundas, de una agrupación nacida en Los Ángeles, California, en 1983, se quedara chico frente a la rutilante existencia de un poeta escénico que todo lo ha probado para después contarlo.

Gimnástico, siempre eléctrico, esdrújulamente conformado por su amor a la vida y por su culto a la muerte en partes iguales, Kiedis es la cara visible de un cuarteto integrado por otras tres caras tan visibles como la suya. Alguien dijo alguna vez que si en un grupo uno tiene a un bajista de la calidad de “Flea”, un baterista como Chad Smith, un guitarrista como John Frusciante y un vocalista como el mencionado Anthony, la carrera hacia la cima está plenamente asegurada. Sin embargo, la ruta hacia el éxito de la banda de fun rock más importante del mundo no siempre fue un plácido camino de rosas. Las espinas de los excesos no sólo derivaron en constantes ires y venires con la Parca por parte de Frusciante y Kiedis: también hubo una muerte por sobredosis del guitarrista israelí Hillel Slovak (1962-1988), un suceso que marcó definitivamente al cuarteto de música generando culpas y pesares difíciles de superar.

Con “Flea” sumido en una honda depresión de la que tardó en levantarse, el joven Kiedis optó por limpiarse de toda droga y apostar por su futuro. Fue cuando el cantante más acrobático del rock contemporáneo hizo puerto en México y en nuestro suelo comenzó a sacarse de encima su pesada historia, un periplo que incluye —sobre todo— la presencia de un padre absolutamente fiel a los postulados sesentistas, entre ellos una continuada y constante afición a la marihuana y a drogas más duras que no evitó a su vástago. A su modo, tanto la madre de Anthony (una hippie en secreto que hacía trabajos de secretaria para mantener a la familia en pie y que perdonaba periódicamente las infidelidades de su marido con el que se reconciliaba y se peleaba en ritmo deportivo) y su progenitor (un cineasta talentoso, perdido entre las juergas y las mujeres de vida ligera) fueron amorosos con el niño de sus ojos. Eso no impidió que Anthony protagonizara una niñez y adolescencia problemáticas: “En tercer grado, yo había desarrollado un verdadero resentimiento hacia la administración del colegio, porque si algo estaba mal, si algo había sido robado, si algo estaba roto, si un niño era agredido, rutinariamente los maestros me echaban fuera de clase. Yo era probablemente responsable del 90% de los alborotos, pero rápidamente me volví un competente mentiroso, tramposo y un artista en el timo para librarme de la mayoría de los problemas”, contó el artista en su biografía de 2004 Scar tissue.

El letrista a veces solemne y casi siempre triste de “Under the bridge”, transita hoy en las vísperas de una cincuentena que lo muestra como un amoroso padre de una hija, fruto de su unión con la modelo Heather Christie, de la que ya se separó. Trata de controlar su adicción a la pornografía, una afición que se hizo carne en él cuando descubrió las posibilidades de una computadora y prepara el regreso a los estudios luego de dos años y de aquel maravilloso disco doble Stadium Arcadium.

Los fans, que son muchos en el mundo tras los más de 20 años de carrera de estos chicos punketos y surferos que ni en sueños podrían haber predicho un futuro de tanto éxito, ya están impacientes por escuchar las nuevas canciones.

A su ritmo, este mago del optimismo absurdo, esa facultad de seguir creyendo en que todo mejorará aun cuando uno se encuentre en el medio de un desastre, desplegará frente al micrófono y auspiciado por su productor de siempre, el inefable Rick Rubin, todos sus trucos, todas sus supercherías, todos sus dones.

EL SARCASMO Y LOS ASTEROIDES


No hay que meterse con Jon Stewart. Lo sabe casi todo el star system gringo y más lo saben los periodistas de política y de finanzas que tratan de cumplir la regla a rajatablas para no tener que verle la cara a este judío neoyorquino nacido el 28 de noviembre de 1962 con el nombre de Jonathan Stuart Leibowitz.

Actor, comediante, escritor y productor, es sobre todo un tipo que ha hecho del sarcasmo y del sentido común dos armas infalibles contra la ignorancia ilustrada de la que suelen enorgullecerse hasta el hartazgo los medios audiovisuales estadounidenses. Stewart es también el timón del The Daily Show, un ciclo de media hora donde se dedica a demoler la holgazanería mental reinante.

La serie en cuestión ha ganado varios premios Emmy y las consabidas escarapelas con que Gringolandia certifica el éxito, pero puestos a evaluar méritos, con Stewart uno suele tener la sensación de que se lo elogia por cualidades que son inherentes a su persona, algo así como los que dan galardones a los hermosos como si ser guapo tuviera que ver con una decisión propia, individual.

Jon es muy inteligente y su lógica resulta en varias oportunidades tan irrefutable, que al frente de su noticiero petardista produce una ilusión esquiva: uno cree que lo que él dice uno ya lo sabía o ya lo pensó. Tan natural es su discurso, tan fluida su narración, que parece que el que habla en la tele es nuestro primo avispado, el que viene a casa de vez en cuando, se toma toda la cerveza que hay en el refri y nos deja tres o cuatro máximas con las que cavilaremos el resto de la semana.

Tanta lucidez termina siendo demócrata y tanto meter el dedo en la llaga acaban por confinar a un tipo –este tipo- al rango de izquierdista con traje Armani, contumaz firmador de autógrafos con plumas Mont Blanc.

Sin embargo, este que fuera actor de películas románticas, que despuntara el vicio de presentador en la cadena MTV (cuando la MTV realmente era un producto televisivo con más aspiraciones que aspiradoras) y que cayera en 1999 al Daily Show como reemplazo de Craig Kilborn, es más que nada un señor moderno que no pierde el tiempo buscando un sitio confortable adentro o afuera de alguna cortina de hierro imaginaria.

Claro, eso no impide que un hilito de baba mefistofélico le haya caído por las comisuras cuando Bush nacionalizó la banca antes de irse a casa y terminara siendo, don dueño de Irak, más estatizador que el floripondio Chávez en Venezuela o el ya anacrónico Fidel Castro en Cuba.

Precisamente, a la islita querida se refirió Stewart cuando el flamante Obama hizo un gesto de acercamiento a los cubanos, permitiéndoles ahora mandarse dinero ilimitadamente y llamarse por teléfono hasta quedarse sordos de ambas orillas.

“Yo que ustedes, cubanos, me lo pensaría bien. Si alguna revolución han hecho en esa isla es precisamente demostrar qué buenos eran los automóviles americanos que se fabricaban en los 60. Si siguen estos acercamientos, es probable que los fracasados de Detroit que están llorando por la crisis automotriz que ellos mismos generaron con sus carros deficientes, los inunden con su basura de cuatro ruedas. Piensen, cubanos, piensen: los autos japoneses son mejores y los alemanes ni se diga”, dijo Stewart mirando fijo a la cámara, levantando las cejas y prodigándose en una de esas sonrisas letales que lo hacen sino guapo al menos encantador.

Alabando precisamente sus dotes de seductor y de tipo irresistible se presentó en el Daily Show la bellísima Anne Hathaway, quien le espetó a un sonrojado Stewart que muchas amigas le mandaban saludos y besos.

El inefable Jon, cual hijo dilecto de Woody Allen, le dijo, casi en un susurro: “Pero si yo soy un viejo decrépito, ¿quién me puede querer a mí?”.

No fueron precisamente las herramientas de la ternura las que Jon, que se interpretó a sí mismo en un capítulo de Los Simpson, esgrimió ante el famoso periodista económico Jim Cramer.

El susodicho Cramer, pocos días antes de que la Bear Stearns fuera tragada por la debacle económica, recomendaba apasionadamente a sus espectadores que compraran acciones de la compañía, hecho que Stewart como es obvio no dejó pasar.

Ataque y contraataque derivaron en la presencia de Cramer en el Daily Show, pero fundamentalmente en una conclusión de Jon que todavía tiene eco en los massmedia gringos.

“En estos momentos de confusión en la derecha estadounidense y de apocalipsis en Wall Street, CNBC está intentando ganar espectadores con fuertes críticas a los planes de Obama. Que esta campaña provenga de gente que hasta hace nada estaba afirmando que los gigantes de la economía financiera eran aún buenas oportunidades de inversión revela dónde hay que buscar su credibilidad. En la parte más profunda del baño de hombres, evidentemente”, dijo. Y cerró el debate.

Como buen hombre cómico y sarcástico, el coautor de America (The book), condujo en dos oportunidades los Oscar. “Ahora ando pidiendo la cabeza de Hugh Jackman que me quitó el trabajo”, suele decir en su show.

En sendas entregas de las estatuillas, Jon se dedicó a hacer lo que mejor le sale: desplegar un cinismo respetuoso y elegante que sirvió para campear el temporal por la huelga de guionistas en 2008.

Sin libretos y sólo a merced de su ingenio, Stewart se mandó perlitas como estas:

- "El Oscar cumple 80 años, por lo que es el candidato ideal para el Partido Republicano”

- "Si un negro o una mujer van a ser presidentes de EU. eso quiere decir que un asteroide está a punto de impactar contra la Tierra”.

lunes 24 de agosto de 2009

HISTORIA ARGENTINA

Historia argentina sin fútbol ni dulce de leche

Aparece en México la reedición corregida y aumentada de “Historia argentina”, de Rodrigo Fresán, quien a su vez está presto para presentar su novela reciente, “El fondo del cielo”

Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) tenía apenas 27 años cuando dio a conocer Historia argentina, un libro que permaneció durante seis meses en la lista de best sellers y que fue elegido por la crítica como la revelación literaria de 1991. Eran años fértiles para la narrativa del país sudamericano, con una generación que, nacida en los 60 (años en donde vieron la luz obras proverbiales como Bomarzo, de Manuel Mujica Láinez y Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato, entre otras) trajo con el propio Fresán, junto a Juan Forn, Alan Pauls y Martín Caparrós –sólo por citar algunos- un aire nuevo y potente que si bien no construyó –por falta de interés de los autores- una estética unitaria, alcanzó para delimitar un territorio literario que nunca pierde forma y contenido. Al fin y al cabo, como dice Rodrigo, Argentina “es la tierra donde nacen buenos futbolistas y buenos escritores”.

Sin embargo, el también autor de Esperanto y de La velocidad de las cosas, huye como pájaro de cualquier etiqueta generacional o de cualquier ideario que pretendiera constreñir su escritura, convencido como está de que él es todo menos un autor comprometido. Como representante de la nueva generación de escritores argentinos, Fresán desmiente mitos y titulares, puesto que en su entender “la movida esa de la nueva literatura argentina también alude a cuestiones editoriales y periodísticas que de repente surgen en un determinado momento y después te dejan petrificado para siempre. Yo todas las mañanas me levanto rogando porque aparezca una nueva generación de escritores argentinos que me permita escribir, despegarme de cierto rótulo”, declara, aunque con una naturaleza borgiana –ese modo de explicarse “la argentinidad” a la distancia y desde un promontorio donde los símbolos nacionales como el dulce de leche o el balompié son cuestionados o ignorados a placer- aparezca el autor de Los jardines de Kensington más ligado que nunca a su territorio de origen.

Radicado en Barcelona desde hace una década, el que fuera llamado “un Borges pop” por Javier Aparicio en El País, ve como su primer y festejado libro accede a la mayoría de edad y, con 18 frescos años, recorre un destino de vigencia para sus nuevos y viejos lectores. También observa, con el tierno escepticismo que se ha convertido en el rasgo principal de su carácter, el interés que despierta esa obra fundacional con la que en el cenit de su juventud alcanzó el éxito explosivo que lo envió con pasaje de ida a las ligas mayores de una literatura –la contemporánea- que busca sin cesar nuevos dioses y paradigmas.

La obra corregida y aumentada –con un cuento de regalo entre los 17, esta vez sí, basado en el fútbol (semilla de desencanto o más bien de indiferencia en su formación)- que la semana próxima pone Anagrama a disposición del público mexicano, trae un prólogo afectivo del escritor español Ray Lóriga y un análisis efectivo del reputado crítico también español Ignacio Echevarría. Es, al mismo tiempo, la quinta reedición que Rodrigo revisa con su particular obsesión.

Del escritor que adoraba el desaparecido chileno Roberto Bolaño y del que el catalán Enrique Vila Matas presume de “ser el autor que más veces lo ha leído”, ha escrito Lóriga: “No hay que esperar a que los escritores hayan muerto para regalarle flores, la buena salud mental de este buen argentino es al fin y al cabo un regalo diario. Si él consuma el milagro de ser querido, por qué no quererlo, el reconocimiento no supone esfuerzo alguno frente al talento”.

Ignacio Echevarría, con su acostumbrada sagacidad, destaca de la irrupción de Historia argentina en los años 90, la constitución de “un nuevo modelo de escritor internacional, desdeñoso de la institución literaria, investido de su propia juventud, que hacía causa de sí mismo y tendía a confundir la desinhibición con rebeldía”, apunta en el prólogo.

Periodismo de masas, cultura pop, cultura rock (es amigo de Andrés Calamaro -para y sobre quien escribió en numerosas ocasiones- y de Fito Páez), erudición ecléctica, cine de autor y cine comercial: todo está en la coctelera donde Fresán, casi a disgusto, ha ido convirtiéndose –para afuera- en un escritor profesional del que siempre se espera su próxima novela (la nueva se llama El fondo del cielo y sale a mediados de octubre). Para adentro es el Rodrigo lector inverosímil -“Nadie puede leer tanto como él”, se dice- que no quiere morirse nunca para no perderse los libros que vendrán y que puesto a dirimir cuestiones la única que le resulta atractiva es determinar no ya si alguien es de River o de Boca, sino en realidad a quién prefiere: A Batman o a Superman.

Reconocerse en el primer libro

—¿Has releído o relees a menudo “Historia Argentina”?

— Tuve que verlo un poquillo hace poco por el tema de la reedición que hizo Jorge Herralde cuando se cumplió la mayoría de edad del libro, para incluir el relato nuevo (“Pasión de multitudes”), un cuento con fútbol. Mucha gente me había reprochado a lo largo de los años que en Historia Argentina no había un relato de fútbol, yo intentaba disculparme diciendo la verdad: que el fútbol no me interesaba, pero finalmente terminé escribiendo un relato con fútbol.

—En contra…

— No, como todos los otros relatos del libro que recorren varios sucesos argentinos importantes, este también trata un tema teniendo a Argentina como telón de fondo, pero no es anti-fútbol.

— ¿Quién eras cuando escribiste “Historia Argentina” y quién eres ahora, en términos literarios?

— Supongo que en términos literarios he cambiado un poco, pero algo que me alegra bastante es reconocerme mucho en mi primer libro y no repudiarlo ni negarlo. A muchos primeros libros, con el correr de los años, los autores no se reconocen en ellos o quieren barrerlos bajo la alfombra. De algún modo, en Historia argentina está el germen de mucho de lo que vino después, aunque sea diferente el modo en el que escribo y el modo en que pienso ahora.

—¿No te da miedo de que un libro escrito hace 18 años sea para muchos lectores mexicanos el primero que leerán tuyo?

— No, de todas maneras lo que me hace un poco de gracia es que Historia argentina reverdeciera casi en simultaneidad con la edición de mi nuevo libro, me gusta la idea de este tándem editorial.

— Hay en “Historia argentina” un fuerte aliento borgiano, como Borges, no eres muy apegado a la “argentinidad” y, sin embargo, toda Argentina está en tu obra...

— Soy un gran seguidor y creyente de ese ensayo “El escritor argentino y la tradición”, donde Borges dice que a los argentinos no nos queda otra que ser universales. En ese sentido, me parece que los argentinos no respondemos a muchas de las coordenadas a las que se han visto obligados a responder muchos autores de otros países latinoamericanos.

— Argentina parece no acabarse nunca en términos literarios...

— Argentina siempre va a tener buenos futbolistas y buenos escritores.

—Y buen dulce de leche aunque no te guste nada el dulce de leche...

— Sí (risas). Creo que escribir bien en la Argentina es una reacción contra la inocurrencia de la historia del país que siempre está repitiendo sus patrones trágicos y demenciales, por lo cual no me parece raro que aparezcan siempre muchos escritores dispuestos a contarlo absolutamente todo.

No te gustan las etiquetas, pero es importante para ti determinar quién es mejor, si Batman o Superman

— Sí, efectivamente, esas dicotomías son mucho más reveladoras. Superman es un héroe que trabaja para el stablishment y Batman es un artista que trabaja al servicio de su psicosis.

— ¿Qué dices de tu nueva novela?

— Fue una gran batalla escribirla, porque fue un libro en el que crecí mucho, sobre el cual tomé ciertas determinaciones que no tomé antes, me preocupé por otras cosas en las que antes no pensaba. Es un viaje sin retorno, me despega por completo de cierto tipo de literatura que se hace en mi generación. Sale a mediados de octubre, en marzo iré a presentarlo a México. Es una novela no de Ciencia Ficción, pero sí con Ciencia Ficción. Es una historia privada sobre el fin del mundo y que es una historia de amor cósmico. No tengo nada que agregar.

— ¿Un fin del mundo que ni siquiera Batman puede evitar?

— No, en absoluto. Está mucho más allá de las posibilidades de Batman. Una primera versión del libro era tres veces más larga. Soy un escritor que tiende más a expandirse que a comprimir.


viernes 27 de marzo de 2009

ENTREVISTA A IVÁN LINS


Dice su biografía que este hombre hoy sesentón, de fácil sonrisa y mirada intensa tras los anteojos que usa en forma permanente, fue el hijo "más tranquilo de una familia clase media carioca formada por cinco niños, padre y madre".

Innovador de la música brasileña, cantante y compositor de gran transparencia y armonías complejas, reconocido mundialmente a través de artistas internacionales como George Benson, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Manhattan Transfer, Lee Ritenour, Cal Tjader, Nancy Wilson, Carmen McRae, Patti Austin, Herbie Mann, Dave Grusin, Terence Blanchard y Diane Schuur, entre otros, ha construido una carrera musical singular y sólida, con grandes picos de ventas de sus profusos lanzamientos discográficos.

Esta entrevista que Terra Magazine le hizo a un artista considerado perfeccionista y coherente se llevó a cabo en ciudad de México, adonde Iván fue para acompañar a sus amigos, los hermanos Toussaint, célebres músicos de jazz en tierra azteca y que en sus tiempos mozos -hace exactamente 30 años- supieron tener un grupo de fusión llamado Sacbé.

¿Puede su música leerse en clave de jazz?
También. Esa es la respuesta. Yo hago música que denomino total, que llamo a menudo música moderna brasileña, con ingredientes de todas las músicas que se hacen en el mundo. No tengo ninguna preferencia de sonoridad, de armonías, hago la música que nace de mi inspiración, alimentada por la música clásica y por el jazz, claro.

En una época estuvo muy ligado a la canción como principal formato de expresión, ¿esa preferencia por la melodía no le restó presencia en otras áreas de la música brasileña?
La melodía siempre fue el componente más importante en mi música; si tengo definir exactamente lo que soy, diría que yo siempre fui un contador de historias. El principio, medio y fin de mis historias se expresa a través de la melodía y la armonía una forma de vestir a la canción, para mí, la armonía viene siempre después de la melodía y no al revés.

¿Usted hizo lo que quiso siempre, musicalmente hablando?
Creo que sí. No he pensado nunca en los resultados y debo decir que he tenido mucha suerte. Vengo de un tiempo en el que la música de calidad era negocio, soy de una generación que tenía la posibilidad de escuchar mucha música tanto en las radios como en la televisión. Había muchos festivales de jazz y, a pesar de los tiempos negros de la dictadura militar, el movimiento cultural en Brasil en los 60 y 70, era intenso y enriquecedor. Eso hizo que en mi país me hiciera muy famoso, que mi música fuera conocida en prácticamente todos los rincones de Brasil. En los últimos tiempos, con el advenimiento de la tecnología y la globalización, es más difícil hacerse conocido incluso en su propia tierra.

Digamos que para cuando vino la fiebre de Internet, usted ya era Iván Lins...
Es verdad, ya tenía un lugar determinado dentro de la cultura y de la música brasileñas, difícil que sea sacado de ese lugar.

Me atrevería a decir que ese lugar es un poco raro. El desarrollo de su carrera me hace acordar un poco a la de Raimundo Fagner, es decir, artistas muy prestigiosos aunque no tan mediáticos...
Lo que pasa es que los dos, por personalidad, por carácter, tendemos a ser bastantes solitarios. Siempre estamos alejados del show business y no frecuentamos las revistas de espectáculos o de prensa rosa. No salimos en Hola o en Caras, no aparecemos en las fotografías al lado de los famosos. Tanto Fagner como yo, como Chico Buarque y tantos otros, no somos frecuentadores de los cócteles o fiestas, no aparecemos siempre, no estamos siempre iluminados por los focos. Tampoco pertenecemos a ningún grupo o movimiento, nuestra carrera es solitaria, individual...

A pesar de que también hace "aparcerías" con artistas...
Claro, esporádicamente me junto con artistas como Paulino Moska, como Martinho Da Vila, Ivonne Lara, tengo colaboraciones con diferentes artistas.

Y se diría de usted que es un artista "ecléctico", que hasta bien podría juntarse con un intelectual como Arrigo Barnabé...
Ojalá. Me encanta Arrigo y no dudaría un minuto en juntarme con él para hacer música. Mi inquietud musical es vasta, tengo relaciones con Mercedes Sosa y León Gieco en Argentina, con Joaquín Sabina en España, con Pablo Milanés en Cuba, con Juan Luis Guerra en República Dominicana...estoy abierto a todo, quiero experimentar todo. La vida es una sola y quiero hacer todo lo que se pueda hacer en términos musicales. Si la experiencia me lleva a asociarme con artistas que considero interesantes y novedosos, mejor que mejor.

Y esas sociedades muchas veces se resuelven, encuentran su sentido, en África, ¿verdad?
Sin ninguna duda. Hace poco estuve en África y me di cuenta de que mis canciones tienen una gran influencia africana, pero debo reconocer que carezco de información, no sé de dónde viene esa influencia, es totalmente instintiva en mi obra, nace porque así debe nacer. Mi padre era mezcla de indio y europeo, en mi familia hay personas de todas las razas y nacionalidades, mi madre era una portuguesa pura...no sé, lo que sí sé es que la alianza entre la música brasileña y la cubana con África se da naturalmente y en forma profusa. La religión, la comida, la vestimenta, también tienen mucho de África en nuestros países. La contribución africana ha sido importantísima.

Bueno, al menos la contribución que ustedes permitieron, porque Brasil no es demasiado abierto a que suene en su territorio música de otros países de Latinoamérica.
Pero eso es culpa del mercado, no del brasileño. Nosotros aceptamos cualquier tipo de música, el problema es que ahora mismo el habitante de Brasil está siendo muy manipulado por los medios de información, por el marketing.

¿Y su relación con la música portuguesa es buena?
Sí, buenísima. He trabajado con Dulce Pontes, con Paulino de Carvalho, con Sergio Godinho. Amo la música portuguesa, me parece que los fados son hermosos. En los años 60, se escuchaba en Brasil muchísima música portuguesa. Ahora es difícil hacer el camino de vuelta y eso, sinceramente, es culpa del mercado y no de otra cosa. Hubo tiempos en que en mi país también se oía a artistas de Francia, de Latinoamérica, de Italia. Ahora eso no sucede.

¿Cómo ha sido su relación con los sellos discográficos?
Bueno, yo he sido siempre un artista independiente a pesar de pertenecer a un sello internacional (Warner).

¿Ese es el consejo que le daría a cualquier músico joven?
Por supuesto. Uno tiene que dar licencias y ser siempre propietario de su música. Hoy más que nunca, le diría: Sea usted dueño de su música, no la venda, aprenda a negociar para que sus canciones puedan ser transmitidos por los medios de comunicación, aprenda a hacer contratos, pero nunca ceda su propiedad intelectual. Todos los problemas en el arte provienen cuando uno deja de tener el control sobre la propia obra.

¿Y qué piensa del avance tecnológico, de los programas que en Internet proveen música en forma gratuita?
Que estamos en una fase de transición. Todavía no se ha enfrentado el desafío de hacer lucrativo el negocio de Internet, pero el tiempo nos irá diciendo cómo hacerlo. Por lo tanto, tenemos que estar preparados y no dar los derechos de nuestra obra a nadie. El mundo está cambiando en forma vertiginosa y no es bueno sacar conclusiones apresuradas. En todo caso, diría que la Internet es buena porque difunde nuestra música en todas partes del mundo. Es más un vehículo de divulgación que de comercialización.

¿Cuál es su último disco?
Se llama Cariocando y es, obviamente, un disco totalmente carioca.

Como el último de Chico Buarque.
Así es, hemos decidido los dos homenajear a nuestra ciudad de origen. Soy de Río y vivo en Río. Tengo cinco hijos maravillosos, uno de los cuales se ha dedicado a la música y a la actuación, tengo dos nietos y hace 26 años que estoy felizmente casado con Valeria.